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lunes, 12 de diciembre de 2011

El Verdadero Significado de la Obra de Kino


En un erróneo afán por ensalzar  la obra de Eusebio Francisco Kino, se ha sostenido que introdujo la agricultura, la ganadería o ambas, ya sea a la Pimería Alta o a Sonora. Este es un desliz de apreciación histórica que de ninguna manera debe de desmerecer la obra del misionero.

Veamos, primero, la inexactitud de esta atribución a través de algunos ejemplos: años antes del arribo de Kino a la Pimería, cuando éste aún se encontraba en Europa, ya se extendía un rancho ganadero por las praderas cercanas al actual San Lázaro. El mismo Juan Matheo Manje, compañero militar de Kino en sus exploraciones, nos dice que allí “antiguamente, tubo en este puesto Juan Martín Bernal, español, una estancia de ganado vacuno y cavalladas de más de 6 mill cavesas…”  Además, también José Romo de Vivar tuvo otro rancho ganadero en el mismo lugar, años después. Finalmente,  Munguía Villela de igual forma tuvo otro rancho ganadero en las cercanías de donde años después Kino establecería su misión de Santa María (actualmente Santa Cruz).

Por eso es que si buscamos el significado real de la herencia de Kino, debemos entender primero que en la Pimería Alta se realizó el último esfuerzo de expansión del imperio Español y de evangelización en el Noroeste de la Nueva España. Las misiones establecidas por el misionero definieron, desde entonces, una frontera.

Durante aquellos años fue frontera entre la civilización europea y el mundo de los “gentiles” como se les conocía a quienes no habían recibido el bautismo. Fue frontera entre la región de habla hispana y las rancherías en donde se expresaban utilizando algún idioma nativo; frontera entre lo europeo y lo nativo;  frontera entre donde se practicaba el catolicismo y las religiones nativas.

Y así pasaron los años, y el impulso desarrollador de Kino con el paso del tiempo se fue convirtiendo en el último que intentó incorporar más regiones del noroeste bajo la égida del Imperio Español. No hubo intentos posteriores para llevar los límites del Imperio Español más allá. Y así fue cómo, cuando surgió Estados Unidos y se firmaron primero los Tratados de Guadalupe-Hidalgo y La Mesilla después, esta frontera cambió su significado al de una zona limítrofe entre dos naciones: entre México y los Estados Unidos.

Así fue cómo la antigua Pimería Alta se convirtió en la frontera entre los pueblos en donde predominaban los parlantes del idioma Español y aquellos en donde el Inglés imperaba; entre los pueblos católicos y los protestantes; entre las costumbres gregarias nuestras y las austeras del anglosajón.

Frente a esta situación, podemos muy bien hacernos la pregunta: ¿Qué habría pasado entre nuestras dos naciones si Kino no hubiera llegado a la Pimería Alta? Y tenemos que la respuesta es sencilla: tal vez el Imperio Español habría llegado a colonizar a esta región aunque, de seguro, lo habría logrado años más tarde de cómo sucedió. Así se habría colonizado la Pimería Alta cuando las condiciones geopolíticas eran ya diferentes, cuando el Imperio Español se encontraba en franca decadencia y toda Iberoamérica estaba más cerca de su independencia.

Y en lo internacional, en caso de que se hubiera dado, la conquista de la Pimería Alta por España, ésta habría ocurrido cuando la nación vecina se encontraba en franco proceso de expansión. Hay que recordar que Estados Unidos promulgó su independencia en 1776, casi una década después de la expulsión de los Jesuitas de los dominios españoles y ocho años después de que fueran reemplazados por los Franciscanos en 1768. Y aquí hay que recordar que no es coincidencia que el afán expansionista estadounidense únicamente se vio frenado aquí, en esta región.

¿Qué significa todo ésto? Pues sencillamente quiere decir que el legado de Kino se encuentra en la geografía política y no en la introducción o no de la ganadería o agricultura a la región. Debemos entender que, gracias a Kino, la frontera entre México y los Estados Unidos es como la conocemos hoy. Gracias a Kino, en esta región se habla Español y la religión tradicional es el catolicismo, gracias a él existe, aquí, una cultura que constituyó una barrera infranqueable para la penetración anglosajona. Y también, gracias a Kino, cuyo  afán de vida fue encontrar un camino por tierra que comunicara Sonora con Baja California, años después, cuando se discutía la frontera actual entre nuestras naciones, México se negó a aceptar una frontera que no permitiera la comunicación por tierra con Baja California. Por eso existe ese curioso ángulo en la frontera que permite la comunicación directa entre Sonora y Baja California



domingo, 4 de diciembre de 2011

La Pimería Alta después de Kino

Después del fallecimiento de Kino, la Pimería Alta continuó su vida cotidiana. El Padre Luis Javier Velarde se hizo cargo de la misión de Dolores, que había estado a cargo de Kino, y el Padre Agustín de Campos continuó, desde San Ignacio, la labor misional en el Valle del Asunción; para 1715 había realizado tres viajes a la costa sonorense, y en 1721, acompañado de Manje la visitaría nuevamente, intentando encontrar al misionero californiano, Juan de Ugarte, quien había construido un barco para explorar la costa, aunque sin éxito.  A su vez, Manje seguiría su vida en el Norte del actual Sonora, formando una familia y estableciéndose en lugares relacionados con la minería, ya que vivió en Tetuachi, Nacozari y Bacanuchi hasta su deceso que debió de ocurrir poco después de 1736. El Padre Juan María Salvatierra, por su lado, sobreviviría a Kino seis años, y para entonces los Jesuitas habían fundado siete misiones califórnicas.

En 1727 llegó a la Pimería el Obispo de Durango, y al atestiguar la precaria situación de la región, consiguió más misioneros. 1732 vería el arribo de tres jesuitas nativos de Europa Oriental, Segesser a San Xavier del Bac, Grashoffer a Guevavi (situada a unos 10 Km al Norte del actual Nogales, Arizona), y Keller a Suamca (actual Santa Cruz), los que se encargaron de continuar la labor misional y exploratoria.

Por esos años, las pugnas por la tenencia de la tierra entre misiones y españoles aún no existían. Posiblemente los misioneros y militares alentaban el establecimiento de ranchos en regiones apartadas de la labor misional que sirvieran de protección contra los apaches. Así sucedió en el río Santa Cruz con el establecimiento del rancho de Diego Romero, Santa Bárbara, en 1727, desde donde se extendieron a otros más por esa región: en 1741 se les adjudicaban dos sitios y medio de terreno a los herederos de Romero en el antiguo rancho ganadero de Kino, San Luis, mientras que Santa Bárbara pasaba por entonces a posesión de Gabriel Antonio de Vildósola.

En 1736 era descubierto, al suroeste del actual Nogales, Sonora, un yacimiento con enormes lozas de plata pura, la mayor de las cuales llegó a pesar dos toneladas. Era un lugar aledaño al puesto del Arizona que desde entonces lleva el nombre de Planchas de Plata. Se ordenó el embargo de lo encontrado, inició la investigación si era yacimiento natural o tesoro enterrado, aunque los constantes ataques apaches y el agotamiento del metal superficial llevaron al abandono del lugar. De cualquier manera, su fama continuó a través del tiempo hasta heredarle su nombre al actual Estado de Arizona.  El panorama se veía promisorio: el Padre Sedelmayr, desde Tubutama, se había encargado de continuar la expansión misional en toda la Pimería Alta, realizando viajes exploratorios al río Colorado en 1744, 1749, 1750 y otro más después de 1751, además de escribir un informe de sus actividades e ir a la Cd. de México para promover otro impulso misionero más para la región.

Sin embargo, este crecimiento de ranchos y arribo de mineros españoles llevó al mayor problema que viera la Pimería Alta en toda su historia. En noviembre de 1751, una rebelión encabezada por el Pima Luis de Sáric sacrificaba a los misioneros de Caborca y Sonoita y de sus españoles y gente de razón; en Oquitoa fueron muertos 20 españoles más; en Sáric mataron a los españoles y fueron destruidos todos los asentamientos situados entre esa misión y la de San Javier del Bac, a la vez que en Tubutama fue atacado el pueblo. No corresponde a este espacio la crónica del levantamiento, aunque debo agregar que resultó en un éxodo generalizado de españoles de la Pimería Alta y en el establecimiento, por el gobierno, de los presidios (fuertes militares) de Tubac y Altar.

Otra consecuencia de este levantamiento, aunque de muchísimo mayor importancia, ocurrió en 1767 cuando todos los misioneros jesuitas fueron expulsados de los dominios españoles y reemplazados el año siguiente por los frailes franciscanos aunque  bajo otras condiciones de trabajo.

Poco después, el día 14 de octubre de 1775 pasaba por el entonces despoblado arroyo de Los Nogales una expedición de más de un centenar de colonos encabezados por el Cap. Juan Bautista de Anza hijo. Ellos lograron llevar a cabo la idea que sostuviera Kino durante toda su estancia en la Pimería Alta: establecer una ruta por tierra entre Sonora y California. Su motivación, sin embargo,  no fue establecer el comercio con Asia sino proteger California de las incursiones rusas. Después de su paso, el silencio regresó al arroyo, a esperar un siglo más para que naciera una población dividida por una frontera internacional que entonces no existía, en estas ciudades que hoy conocemos como Ambos Nogales.

domingo, 27 de noviembre de 2011

La muerte de Kino

No sabemos si Eusebio Francisco Kino realizó durante su vida más expediciones que las que he citado en esta serie de artículos, ya que no hay mención de alguna posterior a la última que mencioné. De cualquier manera, durante los meses siguientes a su última expedición registrada, continuó con su preocupación por abastecer las misiones califórnicas.  En diciembre de 1709 le escribía al Padre Juan de Yturberoaga, Procurador de la Provincia Jesuita de Nueva España: “El padre rector Juan María de Salvatierra da a entender que mi principal obligación [es] socorrer a la California por disposición de nuestro padre general …” Así, siguiendo esa tarea, transcurrieron los últimos meses de la vida del misionero pimalteño quien, desde su misión de Dolores, veía cómo había ido creciendo la Pimería Alta como abastecedora de las misiones califórnicas.

De esta manera llegó el 15 de marzo de 1711. Esa fecha le tocó asistir a la dedicación de una nueva capilla en la iglesia de Magdalena y nuestro misionero debió recorrer nuevamente ese camino que había recorrido tantas veces desde aquél lejano 1687 en que llegó, y que lo separaba de la cuenca del San Miguel, donde se encontraba Dolores, de la del Asunción, ubicación de Magdalena; así remontaría la sierra del Torreón que aún hoy domina el paisaje desde la carretera internacional y entraría al valle magdalenense. Ya en Magdalena, celebrando la ceremonia de dedicación de la capilla de San Francisco Xavier se sintió mal y esa noche falleció. Al padre Agustín de Campos le tocaría enterrarlo y registrar su fallecimiento en un acta cuya imagen aparece a la derecha y reza:
 
Año de 1711. En quince de marzo, poco antes de medianoche, recibidos los santos sacramentos, murió con grande sosiego y edificación en esta casa y pueblo de Santa Magdalena el padre Eusebio Francisco Kino, de edad de setenta años. Mntro de Nuestra Señora de los Dolores, fundada por el mismo padre, el cual trabajó incansablemente en continuas peregrinaciones y reducción de toda esta Pimería. Descubrió la Casa Grande, ríos de Gila y Colorado, y las naciones cocomaricopas y sumas y los quicamaopa de la isla; y descansando en el Señor está enterrado en esta capilla de San Francisco Xavier, al lado del Evangelio, donde caen la segunda y tercera silla, en ataúd. Fue de nación alemán, de la provincia a que pertenece Bavaria. Habiendo sido antes de entrar en la Pimería misionero y cosmógrafo en la California, en tiempo del almirante don Isidro de Otondo. Agustín de Campos S.J.

Al leer este texto, de inmediato varias inexactitudes llaman nuestra atención. De ellas, las más notables son que la edad verdadera de Kino, quien fue bautizado el 10 de agosto de 1645, era al momento de su muerte 65 años cumplidos y no setenta como asentó Campos. Además, que Campos aún entonces y contra la opinión de Kino, pensaba que California era una isla. Finalmente, tendríamos la mención de que fue alemán, ya que el mismo Kino no estaba seguro de su nacionalidad o que el apellido del alimrante califórnico fue Atondo, no Otondo. (Debo agregar que la imagen del acta de fallecimiento del misionero que adorna este artículo fue editada. El original ocupa dos páginas, el final de una y el inicio de otra) 

No podemos deducir la enfermedad que le causó la muerte a Kino en caso que no haya sido simplemente la edad. Manje mismo nos orienta hacia una pista probable sobre las enfermedades que, crónicamente, enfermaban a Kino y que apuntan a malaria:  “En las fuertes fiebres que le daban, no provava nada en 6 días que más que levantarse a celebrar y acostarse; y, deviltanto y desmaiando la naturaleza las extinguía.”

Y en cuanto a su temperamento, también Manje nos lo explica:  

“sus conversaciones eran los melifuos nombres de Jesús y María y las combersiones de los gentiles, por quienes siempre pedía a Dios… Conozí era de natural colérico quando reprendía al que pecava públicamente; y, si despreciaban su persona, lo atemperava tanto que ya avía hecho ávito de realzar a quien con vilipendios, denuestos e ynproperios lo maltrataba de palabra, obra o por escrito, usando los superlativos de “reciví la gratísima, estimadíssima” y otros de obsequio y agradecimiento; y, si era en su cara, yva a abrazar al que los decía, diciendo: “es vuestra merced y a ser mi queridíssimo dueño, aunque no quiera” Y luego yva quizá a ofrecer los desprecios al Divino Señor y Dolorosa Madre a cuio templo entrava a rezar cada día cien vezes. Y después de cena, viéndonos ya acostados, se entrava en él, y, aunque me trasnochava leiendo, nunca le oí salir para coger el sueño que era bien parco.”

En 1712, un año después de la muerte de Kino, el Padre Campos desenterró los restos de los padres Ignacio de Yturmendi y Manuel González de Tubutama, donde habían sido inhumados al morir allí, y se los llevó a Magdalena, en donde los reinhumó  a los lados de los de Kino. Allí pueden ser vistos actualmente por el viajero, acompañando a los del misionero trentino.

domingo, 6 de noviembre de 2011

Manje en la cárcel


Leímos en el artículo anterior de esta serie cómo Juan Matheo Manje escribió, al final de 1706, su libro “Luz de Tierra Incógnita…” y cómo al final del mismo incluyó un capítulo que tituló “Conclusión de esta obra y nota del estado presente, espiritual y temporal, que tienen estas naciones de la provincia de Sonora…” en el que agregaba una serie de apreciaciones que atacaban la propiedad de las mejores tierras existentes para las misiones, así como otras acusaciones contra los Jesuitas, diciendo que éstos no atendían a las necesidades espirituales de los no indígenas.

Esta serie de expresiones de Manje llevaron a que los Jesuitas amenazaran con abandonar la labor misional si no se ponía remedio a esos graves cargos. En respuesta, el Gobernador de Nueva Vizcaya, Juan Fernández de Córdoba, ordenó que Manje fuera arrestado y conducido, en grilletes, a Parral para ser juzgado, así como que se le embargaran sus bienes. Estando ya a recaudo Manje en Parral a principios de 1708, los Jesuitas se retractaron y en varias cartas le pidieron al Gobernador que Manje fuera liberado. Estas cartas llevaron de nuevo a que el Gobernador ordenara que Manje fuera puesto en libertad “sin preguntar la causa de su prisión” lo que, obviamente, no fue del agrado de Manje, quien sufrió la vergüenza de haber sido llevado preso desde Sonora, y ver cómo ahora era liberado sin ninguna explicación.

Así fue cómo la ocasión para que ocurriera un segundo enfrentamiento no tardó en presentarse. El 27 de abril de 1708 Manje se encontraba aún en Parral, aunque libre, y ese día habló con el Gobernador sobre el problema que le había llevado a ser apresado.  Furioso, en su conversación agregó que “había tenido una carta de la provincia de Sonora en que le avisaban que luego que lo habían traído preso, dos religiosos de la Compañía de Jesús misioneros, habían juntado los indios de sus pueblos y predicándoles que ellos lo podían todo, pues hacían sacar los españoles de aquella manera.” Al escuchar ésto, el Gobernador le preguntó si podía probar lo que decía, que era una grave acusación contra la orden Jesuita, a lo que Manje respondió que sí. Entonces el Gobernador le pidió que le mostrara la carta a lo que Manje se negó. Frente a esta situación, el Gobernador Fernández le ordenó que mostrara la carta de que hablaba o lo metería nuevamente en la cárcel. “A lo que dicho Juan Matheo respondió que hiciera lo que quisiera, que le quitara la cabeza, que toda la provincia de Sonora se perdería por él.”

En seguida, Fernández ordenó que nuevamente Manje fuera encarcelado, y que “para que le sirva de castigo a su inobediencia, subsista preso en dicha cárcel hasta que a su Señoría  le parezca equivalente castigo a su culpa.” Y así fue enviado nuevamente Manje a prisión. No sabemos cuánto permanecería el militar aragonés detrás de las rejas, ya que no se conoce en dónde hayan quedado los expedientes de esta causa. Lo único que sabemos es que en la segunda versión de su libro “Luz de Tierra Incógnita…” escrito años después, en 1720, Manje agregó en su prefacio una pequeña explicación sobre lo sucedido en 1708: “Y a la final puse un manifiesto del estado temporal y espiritual de las misiones, y milicia y minas de esta [provincia] de Sonora, en donde ha treinta años que resido, cuya genuina relación fue la piedra de escándalo para articular contra mí subrepticios informes, llevados de una fácil y vana credulidad vulgata; y habiéndose visto y expurgado por varones doctos, sabios y píos, prudentes y curcunspectos, aprobaron la obra de mis aserciones en el crisol del eximio examen, defendiéndola y volviendo por mi inocencia.”

Sin embargo, en esa segunda edición, Manje no incluyó la  “Conclusión…” que había escrito en 1706, la que fue reemplazada por una descripción de Sonora, escrita por el Jesuita Luis Velarde, quien sustituyó a Kino en Dolores después de la muerte del misionero. Además, Manje agregó un párrafo explicatorio sobre las causas que le llevaron a eliminar su “Conclusión…” de esta segunda edición: “porque se reformó parte de lo que pedía forzoso como preciso remedio; omitiendo ésto pasaré a producir sucintamente lo que faltaba de remediar.” Es decir, de estos textos deducimos que Manje y los Jesuitas llegaron a un acuerdo que muy probablemente fue verbal: mientras los Jesuitas retiraron sus cargos contra el militar, éste a su vez omitió su “Conclusión…” de la segunda edición de su obra. Conocemos el texto de ésta porque en la Biblioteca Real de Madrid existe una copia de “Luz de Tierra Incógnita…” con la “Conclusión” de 1706 incluida.

domingo, 30 de octubre de 2011

La "Luz de Tierra Incógnita..."

El para entonces General Juan Matheo Manje concluyó un libro ese año de 1706, firmándolo el 3 de diciembre, poco después del regreso de Kino de su última expedición a la costa sonorense. Le llamó “Luz de Tierra Incógnita entre las gentes más bárbaras…” Este constituye el texto fundamental con que contamos de la visión laica del desarrollo de la Pimería. En él, Manje presenta su perspectiva del mundo así como las crónicas de sus viajes exploratorios con Eusebio Francisco Kino; pero lo principal fue que como conclusión incluyó en él su proyecto del futuro de la Pimería Alta. Hasta allí, todo bien.

El problema surgió de los conceptos vertidos en esa conclusión. Si bien, Manje reconoció los logros obtenidos por los misioneros Jesuitas, también asentó que se apoderaban de las mejores tierras de siembra, dejándole a los españoles las peores. La solución, opinaba Manje, la daba el cambio en cantidad de población de las más antiguas misiones, las que habían comenzado con unos mil indígenas que para entonces se habían reducido a unos cien. Así, se podrían aparcelar esos terrenos y redistribuirlos entre los españoles, que habían defendido la provincia de los asaltos indígenas con todo lo que tenían. Además, se les deberían de conceder “muchos privilegios y franquicias, como las tienen los pobladores de Nuevo México.”

Por otro lado, también se quejó de que en todo Sonora había únicamente “tres curatos, con tres sacerdotes clérigos,” éstos eran Nacozari, San Juan y Horcasitas, cuyos curas debían atender a los españoles, criollos y mestizos de toda la región, tarea imposible por la enorme extensión del territorio sonorense. Como resultado, en algunas regiones los españoles “se pasan un año y más que no ven a su cura, careciendo de todo consuelo y pasto espiritual,” y agregó que antiguamente los misioneros atendían también a los españoles, aunque en el estado presente “se han inhibido los padres jesuitas de administrar los sacramentos a los vecinos españoles y aún a los indios sirvientes de estos…” La razón, continuó Manje, fue que “un cura, imprudentemente, hizo un informe contra su punto y crédito al ilustrísimo señor Obispo de este reino que fue el motivo para que su prelado o visitador les prohibiese” atender a los que no fuesen indígenas.

Y aquí agregó una frase demoledora: “Y para más corroborar ésto, pondré, incidentalmente, este párrafo de carta del padre Eusebio Francisco Kino, jesuita, que expresa lo siguiente: Siento no poder ir a administrar esos señores a Bacanuchi, por haber informado un cura al señor obispo contra nosotros, que ha motivado a los superiores que el padre rector, ahora nuevamente, nos haya mandado que no nos metamos en cosas de los señores curas.” Y agregó un lamento personal: “¡Oh, desdicha de estos tiempos! ¡Que por este ídolo de punto y crédito se haya de atropellar contra la honra de Dios y salvación de sus almas, redimidas con el valor excesivo de la sangre del Cordero!”

Pero no concluyó aquí la situación, también envió su reporte al Obispo de Durango y a la Audiencia de Guadalajara, agregándole las firmas de los ciudadanos de Bacanuche, lo que equivalía a una queja pública. Al conocerlo Francisco Píccolo, Visitador Jesuita de Sonora, se enfureció y le envió una queja al Gobernador de Nueva Vizcaya, Juan Fernández de Córdova, advirtiéndole que “de no haber remedio para tanto escándalo, mande salir de la dicha provincia a todos los misioneros.” En respuesta, el Gobernador ordenó el arresto de Manje, quien debería ser conducido a Parral “a buen recaudo y con un par de grillos,” que se confiscaran sus bienes y se averiguaran las acusaciones que había hecho, y el método seguido para conseguir las firmas que aparecían en el documento. La orden fue cumplida, según describiría después Manje, sin darle tiempo de “buscar unas cabalgaduras de mi andar,” sino que se le dio “una mula ajena”, ni tampoco pudo llevar ropa ni equipo para el viaje. Tras un mes de viaje, el día último de febrero llegó a Parral, en donde fue encarcelado. Mientras, en Bacanuche se realizó la investigación sobre el texto, y la conclusión fue que no faltaba a la verdad.

Poco después llegaba a Parral una serie de misivas de distintas autoridades jesuitas que, según el Gobernador Fernández de Córdova, “le piden que suspenda el éxito de esta causa sin hacerle a dicho reo culpa y cargo por los inconvenientes que … pueden resultar a la publicación del juicio.” De esta manera se le comunicó verbalmente a Manje su liberación, ordenándosele “que vuelto a su casa sea sin preguntar la causa de su prisión.” Pero éste no fue el final del affaire, aunque el espacio se agota por lo que continuaremos en el próximo…

domingo, 23 de octubre de 2011

El mito de California y la Pimería Alta

En la exploración de nuestra región desde los siglos XV al XVIII se conjugaron mitos y verdades, alimentando con una rica mezcla la imaginación de los exploradores. Por ejemplo, aún el nombre de California estuvo envuelto en la imaginacion. Este nombre se alimentó con la creencia de que era una región habitada por amazonas dirigidas por Calafia, su reina, y que se trataba de “la isla más grande que se haya descubierto, separada de Nuevo México por el Mar Mediterráneo de California,” y que  América podría estar comunicada con Asia más hacia el norte a través de un puente, o bien que habría un estrecho navegable para llegar a Asia al que hasta nombre se le dio: de Anián, en honor a la opinión de Fray Antonio de la Ascención, quien creyó que el reino de Anián se encontraba entre los reinos de Quivira y la California.

Fueron nombres míticos, fueron lugares imaginarios que provocaron expediciones como las de Marcos de Niza o de Vázquez de Coronado, quienes buscaron los fabulosos reinos de Cíbola y Quivira que, como es sabido y lógico, nunca existieron.

Según vimos en el artículo anterior, a fines de 1706 Kino organizó la que, hoy sabemos, fue su última expedición a la costa, en la que le acompañaba Fray Manuel Oyuela. Este describió en su informe porqué se creía entonces que California era isla y no península, cómo fue que Kino sostuvo su peninsularidad y cómo llegó él a verla como península desde las alturas del Pinacate: “no es isla la California sino sólo península, como días ha y con mucha razón dice y escribe  el padre Eusebio Francisco Kino que nos trajo a ser testigos de esta verdad. Con lo dicho he visto que el hereje Drake es autor de la mentira con que quiere subir este mar de California hasta la mar del Norte, queriendo desmentir a los antiguos españoles que pusieron a la California tierra firme con esta, como realmente lo es.” Y concluía con un lamento en el que afloraba su frustración: “por este hereje hemos trabajado tantos, tanto.”

Sir Francis Drake
Oyuela se quejaba de que el conocimiento logrado desde el inicio de la conquista de Nueva España, de que se trataba de una península, había sido desechado por la versión de Drake. Es decir, aunque en 1541 Hernando de Alarcón, que obedecía las órdenes de Cortés había realizado un viaje exploratorio por barco del mar califórnico y descubierto su  peninsularidad, sin embargo, al igual a como sucede en tantas ocasiones en nuestros países, se le creyó más a un extranjero, a Sir Francis Drake que a él. 

Drake fue un pirata inglés que había realizado un viaje por la costa del Pacífico de Nueva España, asaltando y robando los pueblos españoles por donde pasaba. Navegó siguiendo de Sur a Norte la costa del Pacífico Americano en 1579 y llegó hasta cerca del actual San Francisco aunque sin encontrar el famoso paso al Oriente.

Isabel I
Y cuando regresó a Inglaterra, la Reina Isabel le premió otorgándole el título de caballero, aunque declaró que lo descubierto en su viaje era secreto de Estado y ordenó que se guardara silencio sobre el asunto, además de insertar mentiras en su crónica. Pasó el tiempo, y basándose en lo descrito en su viaje, que no mencionaba la existencia de alguna península en nuestra región, los súbditos españoles que se encontraron con California en el mismo lugar, pensaron que tal vez no fuese península porque habría bloqueado la exploración de Drake, sino una isla en realidad, y que tal vez formaría un estrecho con tierra firme, el legendario de Anián, que más al Norte se abría nuevamente y permitía la comunicación con Asia. El mismo Kino siguió esta hipótesis, mostrando California como una isla en sus mapas iniciales.



Pero continuó la búsqueda, y mentes como la de Kino encontraron otra dimensión, idearon otra vocación más para la región: la Pimería debería tener una ubicación estratégica dirigida hacia el comercio mundial. En otras palabras, podía servir como puente, terrestre o marítimo, hacia las riquezas comerciales del continente asiático.

Así, los intentos para determinar si esa larga lengua de tierra era isla o península desvelaron las atenciones de infinidad de exploradores, entre ellos las de nuestro misionero, Eusebio Francisco Kino, quien intentó probar, acertadamente por cierto, que California es una península, contra las opiniones de peninsulares, como Juan Matheo Manje, que siempre creyeron que se trataba de una isla. 

Sin embargo, lo que Kino no podía predecir era que, a pesar de que California sí es península, la realidad es que para llegar a ella es necesario atravesar el desierto de Sonora. Esta es una de las regiones más inhóspitas del planeta, una zona en donde las arenas desérticas, aparentemente interminables, se extienden hasta el horizonte ocasionando incontables muertes a través de los siglos. Eso imposibilitaba la comunicación y el comercio entre ambas. Es decir, al reto de determinar la peninsularidad califórnica se unió otro a vencer, uno que Eusebio Francisco Kino nunca mencionó, el de la extrema aridez de su medio natural, el de la escasez de agua que rige, aún hoy, el desarrollo de nuestra región.

domingo, 18 de septiembre de 2011

Tiempos de redefiniciones

Ya rebasaba los once lustros de vida, edad muy avanzada para esa época, y Kino se daba cuenta de que debía asegurar lo logrado. Mucho había luchado para desarrollar la Pimería Alta y determinar la peninsularidad californiana, aunque a últimas fechas las circunstancias se habían conjugado para impedirle seguir avanzando en su proyecto de comunicar por tierra a Sonora con California. Todo había iniciado con la remoción, en marzo de 1701, de Domingo Jironza Petriz de Cruzat como Alcalde Mayor de la Provincia de Sonora, y su sustitución por Jacinto Fuensaldaña, a quien Don Francisco Almada describe como quien: “introdujo a Sonora  los principios de la concusión, la mordida y el prevaricato…”

Este reemplazo había bloqueado el apoyo que Jironza le había dado a la labor misionera en la Pimería Alta con el nombramiento de su propio sobrino, Juan Matheo Manje y Cabero, como Teniente de Alcalde Mayor en la Pimería Alta, lo que a la vez impidió que el militar siguiera acompañando a nuestro misionero en sus viajes exploratorios para dar fe de lo logrado.

De cualquier manera, al no poder continuar sus viajes para encontrar una ruta por tierra hacia California, Kino se había dedicado a construir en la Pimería Alta nuevas iglesias y a reconstruir las que habían sido destruidas por los asaltos indígenas. Así había sucedido con las de Remedios y Cocóspera. En Remedios, sus dos capillas “están dedicadas, la una a nuestro Padre San Ignacio, y la otra, al Glorioso Apóstol de las Indias, San Francisco Javier; y de las dos capillas de Cocóspera, la una es de Nuestra Señora de Loreto, y la otra de San Francisco Javier. Cada una iglesia, sobre los arcos de sus dos capillas que forma el crucero, tiene su alto cimborrio, y cada cimborrio tiene, en medio y en lo alto, su vistosa linternilla.”  Ambos templos, cabe agregar, hace ya mucho tiempo que desaparecieron, ya que las ruinas que el viajero encuentra actualmente en la carretera enctre Imuris y Cananea son de un templo más tardío, construido por los Franciscanos un siglo después que el original.


Ruinas del templo de Cocóspera

Pero a pesar de esta fiebre constructora, Kino no abandonó totalmente su vocación exploradora y la oportunidad de ejercerla no tardó en presentársele. Para diciembre de 1703 llegaba a la Pimería el Padre Gerónimo Minutuli, y Kino fue a Opodepe a recibirlo y llevarlo a su misión, Dolores, para de allí a la que sería su misión, Tubutama, en donde  sustituiría al Padre Iturmendi. Luego regresó a Dolores y se preparó para ir a Guaymas, el enclave califórnico construido por el Padre Salvatierra en Sonora después de regresar acompañando a Kino en 1701, cuando Salvatierra, un misionero más pragmático que Kino, se dio cuenta de que el proyecto de Kino de abastecer con ganado sonorense a California era irrealizable porque se interponía en esa ruta el desierto de Sonora.

Así fue cómo Salvatierra había decidido promover la idea de comunicar a Sonora con California a través del mar. Tal vez esa acción de Salvatierra contribuiría a que fuese nombrado Provincial Jesuita en Nueva España para el trienio 1704 al 1707, concluido el cual regresó a sus amadas misiones califórnicas; tal vez también en noches de insomnio, Kino recordaría su bloqueado viejo proyecto de construir un barco en Caborca para comunicar a Sonora por mar con California, en vez de tener que atravesar a pie una de las regiones más inhóspitas del mundo buscando llevar ganado a California.

De cualquier manera, Kino fue a Guaymas a hablar con el padre Francisco María Pícolo acerca de cómo abastecer mejor a las misiones califórnicas. De esta manera, un nuevo reto se le presentaba a su vocación de explorador e inaugurador de rutas: encontrar un nuevo camino desde la Pimería a Guaymas, ya que el existente entonces hacía un rodeo: seguía el río Sonora hasta Ures y de allí, continuando al oeste de la actual carretera, pasaba por Mátape para llegar al puerto. En vez de esa ruta, Kino siguió cauce abajo por el río San Miguel hasta llegar a Pitic (actual Hermosillo), y desde allí continuó más o menos por la vía férrea que comunica actualmente la capital sonorense con Guaymas. Es decir, un camino más corto y directo que el usual.


La ruta antigua a la derecha, y la nueva, abierta por Kino, a la izquierda


Una vez habiendo llegado al estero en donde se hallaba la misión establecida por Salvatierra, y que actualmente se ubica en San José de Guaymas, Kino y Pícolo se entrevistaron y nuestro misionero tuvo ocasión de bautizar a buen número de indígenas: “… pues los más hablaban la lengua pima y eran pimas, como los de esta dilatada Pimería que el padre rector Adamo Gilg solía llamar la Pimería Alta…”

Después, regresando a Dolores, Kino tuvo que hacerle frente a una sucesión de falsos rumores de que los indígenas amenazaban con levantarse en armas contra la penetración hispana. Los promovían peninsulares que buscaban, en la contienda entre dos modelos de desarrollo regional, que predominara no el modelo misional sino el laico.

domingo, 7 de agosto de 2011

California es Península

Y así fue cómo esa primavera de 1701, después de fallar en su intento de llegar al delta del Río Colorado siguiendo la ruta que rodeaba por el Sur el volcán de Santa Clara (actual Pinacate), Eusebio Francisco Kino, Juan María Salvatierra y Juan Matheo Manje volvieron  sobre sus pasos hasta regresar cerca de Sonoita. Ya allí, acordaron los misioneros con Manje intentar rodear ahora por el norte el volcán, anticipándose a la ruta que sigue actualmente la carretera de Sonoita a San Luis río Colorado, para ver si lograban descubrir el delta del río Colorado.

Rodeando por el Norte al Pinacate (Santa Clara)
El día último de marzo partían en esta nueva aventura. Los acompañaban seis pimas como guías, seis cargas de alimentos, dieciocho mulas y tres caballos; y después de recorrer unos 50 Km, al aproximarse la puesta del sol, decidieron subir a un agreste cerro, desde cuya cima, según nos cuenta Salvatierra: “Púsose el sol, y se divisó desde el cerro, con toda claridad, toda la mar abajo al sur, y puesto de la mar adonde habíamos bajado [o sea cuando rodearon por el sur el Pinacate y llegaron hasta la bahía del actual Puerto Peñasco, cerca de la isleta de San Jorge]. Vimos que el medio arco de sierras, cuyo remate nos tapaba la dicha faja de cerros de la Nueva España, se venía cerrando y trabando continuamente con otros cerros y lomas de la Nueva España.” 

Sin embargo, ese panorama fue interpretado en forma distinta por Manje, quien agregó  que “la serranía opuesta del mar de California proseguía hazia el nordeste, en forma de media luna; y la tierra y costa de esta Nueva España, por estas naciones, declinaba al oes-norueste. Por donde, confirmamos algo más: que llegan a juntarse ambas tierras; y no bimos proseguir adelante el mar [es decir no alcanzaron a divisar que el mar se extendiera más hacia el norte]; si no es que se llega tanto a angostar, que, de lo lejos, no lo podimos apercervir, por su angostura.” En otras palabras, Manje interpretaba el panorama  que se ofrecía a sus ojos y pensaba que cabía la posibilidad de que únicamente existiera un estrecho en el mar y que nuevamente se abriera éste más al norte, dejando a California como isla.

Y agregaba una nota explicatoria sobre su discrepancia con los misioneros: “En esto, aunque sea molesto, quiero ser genuino, por no deslisarme en ápice del alma de la verdad, que es el nervio fundamental de cualquier ystoria.”

Un día después planeaban continuar su camino hacia la costa, aunque los guías les dijeron que no había agua en las próximos 100 Km, por lo que “Y visto el sin remedio, tratamos con los naturales que, después de aguas, proseguiríamos el descubrimiento, ofreciendo éstos acompañarnos con mucho gusto; y, para conducir ganados, requiere escoger tiempo oportuno de aguas y no en tiempo de tanta sequedad” Es decir, los habían vencido los eternos problemas de esa región del desierto de Sonora: por un lado la escasez de agua y, por el otro, el creciente calor de esos días que, yo que he andado en esa región durante esa temporada  puedo constatar que ya entonces empieza a hacerse insoportable el calor acompañado de los reflejos solares en la roca negra , mientras que los arenales se extienden aparentemente hasta el infinito. No en vano esa ruta ha sido llamada "El camino del Diablo" y ha costado tantas vidas desde tiempos inmemoriables.

De cualquier manera, los misioneros Jesuitas se dispusieron a difundir la noticia de que finalmente se había descubierto que California era una península. Kino dibujó un mapa que lo haría famoso en Europa, al que tituló: “Paso por Tierra a la California y sus confinantes nuevas naciones y nuevas misiones de la Compañía de Jesús en la América Septentrional, 1701.” La mayor discrepancia que mostraba este nuevo mapa en relación con su anterior, de 1696, en donde aparecía California como isla, era que ahora mostraba a California unido a Sonora, quedando separados únicamente por el río Colorado y su delta. Además, también aparecían uniéndose el rio Gila y el Colorado antes de su desembocadura al mar, según le constaba al misionero, ya que había llegado hasta esa confluencia seis meses antes.

Haz click en el mapa para verlo más grande

Del lado de California, el misionero mostró la “sierra nevada” situada al sur de la “sierra azul.” Se trataba  indudablemente del actualmente conocido como Picacho del Diablo que, con sus más de 3,000 metros de altura, constituye el punto más alto de la Baja California. Eran nombres que indudablemente les había dado nuestro misionero al divisarlos desde la distancia, esa primavera de 1701.

lunes, 1 de agosto de 2011

Kino y Salvatierra buscan el delta del Colorado


Ya vimos en el artículo anterior de esta serie la urgencia que tenía el misionero Eusebio Francisco Kino para regresar a Dolores de su viaje al río Colorado. La razón: había prometido enviarle ganado a Salvatierra, a California, para sustento de sus misiones. Ya habían intercambiado cartas los dos misioneros sobre cómo facilitar y hacer más barato el envío de ganado desde Sonora, y Salvatierra calculaba que si se descubría una ruta por tierra a California, o sea que ésta era una península, se abarataría enormemente el envío de ganado sonorense. De ahí el interés de ambos, Kino y Salvatierra, por resolver el asunto de la peninsularidad califórnica, que desde el punto de vista pragmático, de las acciones, se traducía, ahora, en encontrar la desembocadura del río Colorado y ver si la otra banda del río era California, o la tierra firme continuaba al Norte, dejando, así, a California como isla . Aunado a ese proyecto, Salvatierra también manejaba el establecimiento de otro puerto en la costa del Pacífico, que estuviera más al norte que el existente de Sinaloa; de ese proyecto surgió el nacimiento de Guaymas, aunque en realidad el puerto fundado no se encontraba donde hoy se extiende la ciudad de Guaymas, sino en el estero que separa a esta población de Empalme, en San José de Guaymas.

Así, Salvatierra llegó por barco a Sonora y, dirigiéndose a la Pimería Alta, en San Juan Bautista (cerca de Cumpas) consiguió una escolta para su planeado viaje, en el que iría también Manje. Pasaron por Tuape, donde su misionero les dio más provisiones, aunque poco más adelante los distrajo un ataque de apaches a Saracachi, cercano a Cucurpe por donde también pasaron, hasta que finalmente llegaron a Dolores el 21 de febrero de ese año de 1701.

Después de los acostumbrados saludos, ya que hacía diez años que Salvatierra había visitado la Pimería Alta, éste se dirigió a San Ignacio, y allí esperó a Manje que había ido a combatir a los apaches. Cuando llegó Manje, continuaron su camino hacia Caborca; pasaron por Tubutama, ahora llevando veinte cargas de productos y ciento cincuenta bestias, y ya en Caborca, esperaron a que llegara Kino, quien había salido de Dolores tres días después de ellos, aunque siguió la ruta de Remedios y Cocóspera para “disponer su defensa con unos torreones” y luego regresó río abajo, pasando por la nueva ruta de Cíbuta y Sáric, y de allí, río abajo, hasta Caborca.

Reunidos ambos misioneros, continuaron hacia Sonoita. Kino nos cuenta: “fuimos rezando y cantando varias oraciones y alabanzas de Nuestra Señora en diferentes lenguas: en castilla, en latín, en lengua italiana y también en lengua califórnica,” aunque no todo fueron alegrías, ya que la falta de agua hizo estragos entre los viajeros.

Ya en Sonoita, argumentaron sobre la mejor ruta a seguir: rodear al volcán Santa Clara (Pinacate) por el Norte o por el Sur para encontrar la desembocadura del Colorado. La decisión fue seguir la ruta del Sur y con ella sellaron la suerte de su expedición, ya que de haber seguido la ruta norte el camino a la desembocadura hubiera sido más corto.

La ruta del viaje. Hasta Tubutama,  Kino siguió la de color blanco, mientras que Salvatierra y Manje la de color negro. Luego, ambos, la de rojo
Fueron rodeando el volcán por el Sur, sin agua, hasta que después de dos días sin encontrarla, llegaron a una ranchería, el Basoitutcan, donde había, según nos cuenta Manje: “algún pasto y dos tanques de agua en que bebió la caballada que, hacía 24 horas, que no bebía. Está la ranchería de indios al sur del cerro de Santa Clara a su falda; en que contamos 50 personas, gente desnuda y pobre, que sólo se sustenta con raíces, langostas y lagartos que llaman iguanas, y algún marisco…” Aunque al continuar su ruta, poco más adelante la sed nuevamente hizo crisis en ellos. Afortunadamente, encontraron otras tinajas donde pudieron satisfacerla.

Mientras avanzaban, no dejaron de discurrir sobre el origen del paisaje que veían; Manje nos describe la lava: “cerros, arroyos y barrancas de peñas derretidas, transformadas en esta liga que baja del cerro de Santa Clara” hasta que finalmente llegaron al mar, donde inmediatamente notaron las enormes mareas de la zona, aunque no encontraron la desembocadura del río Colorado, ya que se encontraban muy al Sur. Entonces empezó entre ellos, según nos narra Manje: “una amigable disputa, alegándoles [yo] que, en estas cosas, se ha de decir lo cierto [ya] que sólo, comunicándose este brazo con el mar del sur, podía causar tan fuertes corrientes; y aunque angostase, como pensábamos, el brazo de mar, cinco o seis leguas, podía volver a ensanchar, como el de Gibraltar, en España, con el mar Mediterráneo.” Es decir, Manje interpretaba la que, hoy sabemos, una de las mayores mareas del mundo, la del golfo, como indicativo de que nuevamente se abría el estrecho y se comunicaba otra vez con el Pacífico (el Mar del Sur, como se le llamaba entonces), y que por lo tanto California sería una isla.






domingo, 17 de julio de 2011

Las conchas azules

Desde siempre, Kino buscó establecer un puente entre la Nueva España y el Lejano Oriente –su ambición de juventud- por lo que sus viajes pimalteños estuvieron dirigidos a ese fin. Debido a ello, al regresar de la primera expedición al desierto sonorense en 1699 al actual Estado de Arizona (que obviamente entonces no existía), a Kino ya le inquietaba resolver la procedencia de las conchas azules (hoy sabemos que son de abulón, “haliotis fulgens”), cuyos iridiscentes  interiores había encontrado en la costa californiana del Pacífico durante su estancia californiana, y que después viera que usaban los nativos en Sonora. Eso le decía que los indígenas sonorenses las comerciaban con los de California, es decir que debía haber comunicación por tierra entre ambos, o sea que California es península y por lo tanto podría servir como estación intermedia de ese puente.

La peninsularidad califórnica se había descubierto desde la expedición de Fernando de Alarcón en 1540, aunque se había olvidado con el paso de los años y nuevamente se creía que era una isla. Por eso, cuando Kino atisbó en repetidas ocasiones la costa califórnica desde la de Sonora, percibió cómo gradualmente se acercaban entre sí hacia el Norte, y en la expedición de 1698, desde: “… el muy alto cerro o antiguo volcán de Santa Clara, divisé patentísimamente, con anteojo y sin anteojo, el encerramiento destas tierras de la Nueva España y de la California y el remate desta Mar de la California y el paso por tierra que en treinta y dos grados de altura había” es decir, desde lejos vislumbró que se comunicaban Sonora y California. La meta ahora se convertiría en verificar, sobre el terreno, esa comunicación. El obstáculo era el calor y falta de agua en el desierto de Sonora que se interponía.

Y en su primer viaje de 1699, cuando llegó junto con Manje y el Padre Adamo Gilg hasta cerca de la confluencia de los ríos Gila y Colorado, los nativos les darían a los expedicionarios conchas azules, lo que avivó la curiosidad de los europeos sobre su origen. Además, al saber el Padre Juan de Salvatierra en California, donde se encontraba, de la posible comunicación por tierra entre Sonora y California, le propuso a Kino que fuera por barco a California y desde allí realizaran, juntos, una expedición por tierra desde California a Sonora para determinar esa peninsularidad. Sin embargo, Kino optó por invitar al Padre Visitador, Antonio Leal, y como vimos en el artículo anterior, partieron de Dolores a fines de ese año de 1699, aunque no tuvieron éxito y debieron regresar.

Después de su regreso, según nos lo cuenta el mismo Kino, “hallándome en 29 de marzo de 1700 en el pueblo de Nuestra Señora de los Remedios, un gobernador de cerca del río Grande y otros naturales pimas me trajeron una santa cruz con una sarta de veinte conchas azules,” regalo que llevó a que el misionero planeara otra expedición más a buscar el origen de esas conchas, es decir, la peninsularidad californiana.

Así fue cómo, el 21 de abril de 1700 partía con diez indígenas de Dolores y “…cincuenta y tres cabalgaduras…” y recorrieron el camino ya conocido hasta San Xavier del Bac. Estando allá, nuevamente se alteraron sus planes cuando llegaron noticias que impedían continuar la expedición, ya que posiblemente se iniciaba otra campaña contra los Sobas. Sin embargo, el misionero convocó a una gran asamblea de indígenas:  “y desde este gran valle de San Xavier procuré hacer e hice las diligencias de saber si las conchas azules venían de otra parte que de la contracosta de la California, con lo cual despaché varios propios a todas partes… con especialidad al poniente y al noroeste a llamar a varios gobernadores pimas, opas y cocomaricopas, desde cerca del río Colorado, para informarme, con la individualidad posible, de las conchas azules y del paso por tierra a la California.” 

Pocos días después llegaban los mensajeros indígenas y juntos realizaron “varios exámenes acerca de las conchas azules que se traían del noroeste y de los yumas y cutganes, que conocidamente venían de la contracosta de la California y de aquella mar, diez o doce días de camino más remota que esta otra Mar de la California, en la cual hay conchas de nácar y blancas y otras muchas, pero no de aquellas azules que nos dieron en los yumas.”

La deducción de Kino se reforzaba por lo que decían los indígenas y únicamente faltaba verificarla sobre el terreno por medio de una expedición que encontrara ese paso por tierra. Sólo nos queda la duda de las implicaciones que hubiera tenido para la historia del noroeste novohispano en caso de que Kino hubiera aceptado la oferta de Salvatierra de encontrar ese paso, acompañándolo por tierra desde California.

lunes, 11 de julio de 2011

Otra expedición al Desierto de Sonora

Después del regreso de Kino de su viaje de febrero y marzo de 1699 al río Gila, cuando habían llegado hasta cerca de la confluencia con el Colorado, el nuevo Visitador de las misiones Jesuitas, Antonio Leal, le pidió a Kino que escribiera un libro acerca de su labor en la Pimería Alta. Así, nuestro misionero inició su clásica obra, Favores Celestiales, y para mostrarle los logros misionales, le propuso a Leal que lo acompañara en otra expedición, oferta que recibió éste de muy buena gana.

Juan Matheo Manje, un personaje casi desconocido de  nuestra historia, nos informa que hubo otras razones por las que se decidió hacer esta nueva entrada.  Haciendo gala de sus conocimientos “…en la catóptrica o especularía…”, nos describe cómo los enemigos de Kino habían iniciado otra campaña, tergiversando los logros y convirtiéndolos en una sucesión de fallas, en un espejismo, en algo parecido a lo que sucede con un proyector de transparencias que: “…mediante unas pequeñas vitelas de miniatura imperceptible a la vista, con una candela y vidrios graduados en una linterna, reflejando en grandes imágenes, adornan toda una sala de ricos cuadros de finísimos colores y pintura, sin ser más que las toscas paredes de la sala…” El espacio no me alcanza para describir extensamente la fuente de estos conocimientos del explorador aragonés, aunque puedo agregar que asociaría los proyectores de transparencias que había visto en su infancia en la lejana Huesca con lo quimérico de los embustes de los enemigos.

Así, se reunieron con Kino el Padre Leal, a quien acompañaba el Padre Francisco Gonzalvo, incorporándoseles también Manje y los soldados Antonio Ortiz y Diego Rodríguez, 60 cabalgaduras y el equipo necesario para la expedición, y partieron el 24 de octubre de Dolores. Intentaban llegar hasta la confluencia del Gila con el Colorado, que Manje había atisbado desde la expedición de marzo. Pasaron por Remedios, por Cocóspera y San Lázaro, donde “antiguamente, tubo en este puesto Juan Martín Bernal, español, una estancia de ganado vacuno y cavalladas de más de 6 mill cavesas…” para seguir ahora río arriba del Santa Cruz. Dejaron a un lado un poblado hoy desaparecido, Quiquibórica, donde hoy únicamente una gran cruz de cemento define el lugar, y llegaron a dormir a San Luis Bacoancos, actual Centauro de la Frontera. Continuando por el río, cruzaron un punto invisible que marca una frontera internacional que entonces no existía, y dejaron atrás a Guevavi , Tumacácori, y el día 29 llegaban a San Javier del Bac.



Estando allí, Manje describe un incidente que merece ser repetido: él, los soldados y el padre Leal subieron el cerrito ubicado a un lado de San Javier y encontraron en su cima: “…una trinchera de pared de piedra, con una plaza en medio, en cuyo centro estaba una piedra blanca, como pira o pilón de azúcar, de media vara en alto, y clavada en el suelo; y conjeturando si sería algún ídolo en que idolatraban los indios gentiles, forcejeando, arrancamos la piedra que estaba, una tercia, clavada; y quedó hecho un hoyo redondo sin que, aquel entonces, apercibiésemos ni conociésemos nada; hasta que bajando, luego, del cerro y, antes de llegar a la ranchería, se levantó tan grande y furioso aire y huracán que nos derribaba en el suelo, sin dejarnos andar por lo furibundo del ímpetu con que ventilaba. Los indios que, de ellos nadie había subido con nosotros, al furioso viento que se levantó, empezaron a gritar con alboroto diciendo “Uburiqui cupioca,” en que decían que la casa del aire les habíamos abierto…. Por la mañana, dijeron subieron a cerrar el hoyo los indios, y cesó totalmente el recio huracán, y quedó en día sereno y apacible…” Actualmente, el turista puede ascender el cerrito para encontrar una oquedad que ha sido convertida en capilla religiosa, y desde la cumbre atisbará el valle donde hoy se extiende la ciudad de Tucsón.

El cerrito del volcán en la actualidad, en San Xavier del Bac

Estando en San Javier, la situación se complicó. Dos indígenas enfermaron y la escolta de soldados que les habían prometido no llegó porque había ido a combatir apaches alzados. Así, decidieron que Leal y Gonzalvo regresaran llevando a los enfermos y pasaran por Tubutama, mientras que Kino y Manje realizarían un viaje de adoctrinamiento. Un recorrido a caballo de más de 500 kilómetros en un circuito por el desierto sonorense los llevó hasta Sonoita, a donde llegaron el día 10, de donde regresaron un día después, “…caminando un día y noche sin dormir, si no es que cuatro horas; a 60 leguas andadas,” o sea 240 kilómetros, alcanzaron a Leal en Búsanic, cerca de Tubutama el día 11. De allí todo era conocido: Magdalena, San Ignacio, Remedios y Dolores, a donde llegaron el 18 de noviembre.

lunes, 4 de julio de 2011

La Dama en Azul y la cristianización de América


Habiendo llegado ese febrero de 1699 hasta donde el río Gila rodea por el norte la sierra del mismo nombre, Manje quería continuar, aunque los Padres Kino y Gilg no quisieron para no contrariar a los nativos, aunque “al sestear los Padres, me fui a caballo con el gobernador Francisco Pintor, el intérprete de las dos lenguas, y otros indios; y, encumbrando a la cima de un cerro alto, hacia el poniente, me enseñaron la junta de un valle y ancha arboleda que venía como de norte al sur, que vi palpablemente; y me dijeron era la junta del río Colorado con este Grande.”

Aquí debo agregar que el Francisco Pintor, de quien habla Manje, fue un famoso indígena que vivió al Norte de Cucurpe, en un lugar que actualmente es un rancho que lleva el nombre de El Pintor. Pues bien, en el lugar hay una roca que muestra una extraña colección de símbolos, que es muy probable se deban a la iniciativa de este personaje. Y por otro lado, aunque  no sabemos con certeza cual haya sido el punto desde donde Manje divisó la confluencia de los ríos, de cualquier manera, fue él quien descubrió que ambos se unían antes de desembocar en el mar.

La ruta expedicionaria de ese viaje de inicios de 1699


Manje llevaba consigo una copia manuscrita de las Relaciones de Gerónimo de Zárate Salmerón sobre Nuevo México, que le había dado el historiador franciscano Agustín Betancurt en la ciudad de México. Allí aparecía la expedición de Juan de Oñate, casi un siglo antes, desde Nuevo México al Colorado. Y queriendo comprobar lo dicho por Salmerón, Manje les preguntó a los indios si tenían memoria de algún capitán español que hubiera llegado a esas regiones y le respondieron que sí, que había pasado con un grupo de gente armada rumbo al mar y luego regresado rumbo al oriente.

Pero eso no fue todo. También le hablaron que “siendo ellos muchachos vino a sus tierras una mujer blanca y hermosa, vestida de blanco, pardo y azul, hasta los pies, y un paño o velo con que cubría la cabeza, la cual les hablaba, gritaba y reñía, con una cruz, en lengua que no entendían; y que las naciones del río Colorado la flecharon y dejaron por muerta, dos veces, y que, resucitando, se iba por el aire, sin saber dónde era su casa y vivienda; y a los pocos días, volvía muchas veces a reñirlos. Lo mismo nos habían dicho, cinco días antes, en la ranchería de San Marcelo [actual Sonoita]… y confirmando esto en lugares tan apartados, discurrimos si, acaso, será la venerable Madre María de Jesús Agreda, por decir la Relación de su vida que, por los años de 1630, predicó a los indios gentiles de esta Septentrional América y contornos del Nuevo México…”

Manje se refería a la Relación del franciscano Alonso de Benavides, quien trabajara en Nuevo México y recogiera esa leyenda entre sus nativos, enlazándola con la historia de la Madre María de Jesús de Agreda (María Coronel y Arana, 1602-1665). María Coronel, nacida en Soria, provincia de Agreda, en la península ibérica, al aproximarse a los veinte años de edad empezó a pasar por “exterioridades” que la llevaron a entrar a la vida conventual, a donde la fama de sus experiencias espirituales la siguió. Escribiría catorce libros, de los que el más conocido es la Mística Ciudad de Dios (la portada que muestro en seguida corresponde a una edición posterior, hecha en Bélgica).



En 1635 intervenía la Inquisición; ordenaba averiguar si ella “se arroba en público, y si reparte  cruces y quentas, y qué gracia dize que tienen…” así como el fenómeno de la bilocalización que se le atribuía, ya que aunque jamás salió de España, era fama conocida de “ir o ser llevada a algunos Reynos de las Indias muy remotos a convertir y catequizar los Indios…” aunque la investigación no resultó en nada, por lo que nuevamente en 1648 iniciaba otra, en la que la Inquisición legó a la conclusión de que “Es católica y fiel cristiana, bien fundada en nuestra santa fe, sin ningún género de ficción ni embeleco del demonio,” conclusión que se envió al Rey Felipe IV, quien le escribió un mensaje, felicitándola, lo que a su vez llevó a  un intercambio epistolar entre la monja y el Rey, más de 600 cartas, que la convirtieron en consejera espiritual y política de la corona Española.

Sor María de Agreda

Ella moriría en 1661, y poco después fue declarada Venerable por la Iglesia, aunque el proceso de beatificación se frenó. Actualmente, su cuerpo incorrupto se venera en el convento de Agreda que ella dirigió durante su vida adulta, y su Mística Ciudad de Dios aún hoy tiene vigencia, ya que por ejemplo sirvió de inspiración a Mel Gibson para filmar la película La Pasión de Cristo.

Manje, quien también había leído a la monja, se basaría en sus cartas para escribir los dos últimos capítulos de la Primera Parte de su Luz de Tierra Incógnita. Así inició este mito en el que se mezclan elementos de la conversión indígena americana, la bilocalización y la mentalidad medieval cuyas leyendas intentaban racionalizar el fenómeno americano.

Después de atisbar desde lejos la confluencia entre los ríos Gila y Colorado, Manje bajó del cerro para reunirse con los misioneros, para iniciar  su viaje de regreso a Dolores, interrumpido por una tormenta que enfermó al Padre Kino, al grado de que: “se le hincharon los pies y piernas [y] le dio tales vómitos de cólera, que, viendolo debilitado y con desmayos que le daban, paramos con muchos trabajos” hasta que, al fin de una semana de esperar, llegaron a Dolores.

domingo, 26 de junio de 2011

La región del Gila y sus indios

Este mes conmemoramos otro aniversario más del cambio de nombre de la ciudad de Magdalena por el de Magdalena de Kino, substitución establecida por la Ley Estatal Número 20, de 19 de junio de 1968. La efeméride tiene especial relevancia durante este año en que solemnizamos el tricentenario del fallecimiento del misionero Eusebio Francisco Kino, el 15 de marzo de 1711.

Leíamos, en el artículo anterior de esta serie, cómo Kino, Adamo Gilg y Juan Matheo Manje continuaron su expedición en febrero de 1699, desde el ojo de agua cercano al actual Sásabe, donde la tradición indígena hablaba de una ogresa, amparados ahora por “un peñasco, encima de un cerro muy grande, en forma de un cajón cuadrado, el cual, por haberlo visto de más de dieciocho leguas distante, de largos y extendidos llanos que caminamos… le intitulamos el Arca de Noé.” Y a pesar de lo evocativo del nombre que le dieron los expedicionarios, éste no prosperó, ya que actualmente se le conoce con el que los indios Tojono Ojotam le han llamado desde siempre: Baboquívari.



El espacio disponible restringe mi cobertura de lo sucedido después: narrar las penurias de los viajeros por la carencia de agua, dedicarle el espacio a las descripciones etnográficas de los habitantes, o bien a las leyendas que encontraron en esa región. De lo primero, es ilustrativa la suscinta descripción de los nativos que vivían en Tinajas Altas (“oovac” en Pima), que es el principal aguaje en ese asesino tramo que adecuadamente ha sido llamado Camino del Diablo, descripción que nos dejó Manje: “treinta indios, desnudos y pobres, que sólo se sustentan con raíces, langostas y otras frutas silvestres.” 


Así, atravesaron el desierto y llegaron a un lugar habitado, ya sobre el río Gila, que llamaron San Pedro, ubicado cerca de donde el río da vuelta hacia el norte para rodear la sierra del Gila. A la pluma de Manje le debemos una valiosa descripción etnográfica de los nativos que encontró: “todos los varones tan sumamente desnudos, que sólo tienen el [vestido] de la inocencia. Sólo las mujeres se cubren, de la cintura hasta la rodilla, con la cáscara interior del sauce que, majada y aderezada hacen muchos hilos o guedejas, como copos de cáñamo;” mientras que su apariencia y adorno: “Es gente bien agestada y corpulenta, y las mujeres hermosas… No usan rayarse el rostro, como las demás naciones; sólo usan del embije con que se pintan el cuerpo de varios colores, y se lo quitan, cuando quieren, con sólo lavarse.  Córtanse el pelo alrededor, como cerquillo, hasta dejarlo a las orejas, como frailes… adornándose con gargantillas de caracolillos del mar, entreverados de otras cuentas de conchas coloradas, redondas, que ellos labran y agujeran; que asimilan algo al coral; y en las orejas, las  mujeres, por arracadas, se cuelgan pendientes dos conchas grandes y enteras de nácar, y otras mayores azules, en cada oreja; el que el continuo peso se las agobia, y les crecen más que a otras naciones.”

Y describiendo sus armas y juegos, agregó el militar: “Sus flechas y dardos son muy grandes, y sus aljabas y arcos tan rollizos y largos, que sobrepujan, más de media vara, al cuerpo del hombre, con ser tan corpulentos. Usan de hilos torcidos unas redes, a modo de las de Europa, de cáñamo; … Componen unas bolas redondas, del tamaño de una pelota, de materia negra como pez; y embutidas en ellas varias conchitas pequeñas de mar, con que se hacen labores y con que juegan y apuestan; tirándola con la punta del pie, corren tres o cuatro leguas [entre 12 y 16 kilómetros]; y la parcialidad que da vuelta y llega al puesto de donde comenzaron y salieron, a la par, ésa gana.”
Y en cuanto a las habitaciones nativas: “Sus rancherías, por grandes de gentío que sean, se reducen a una o dos casas, con techo de terrado y armadas sobre muchos horcones, por pilares, con viguetas de unos a otros, y tan bajas que sólo pueden vivir dentro, sentados o acostados, y sin división alguna para solteros y casados; y tan capaces que cabe, en cada una, más de cien personas; y, a la frente de su puerta, una ramada, del tamaño de la casa y baja, para salir a dormir en el verano.” 

Y así dejo la descripción de Manje debido a lo amplio de su descripción de esta región en la que actualmente han desaparecido los nativos; así que nos veremos en el siguiente artículo, donde hablaremos de las curiosas leyendas que encontraron allí los expedicionarios.


domingo, 10 de abril de 2011

Manje enferma y Kino visita Casa Grande

Vendría después una época de importantes descubrimientos. El principal de ellos, que no se debe de viajar por el desierto de Sonora en verano. En junio de ese 1694, antes de que las lluvias rieguen y enfríen el territorio, Kino y Manje habían partido a Caborca a continuar la construcción del barco con el que pensaban lanzarse al mar califórnico.

Viaje de junio de 1694
 Salieron de Dolores y siguieron la misma ruta de la vez anterior y en Tubutama se separaron. Mientras que Kino continuó a Caborca a proseguir con el barco, Manje y sus guías siguieron río arriba, por el Altar. Pasaron por el Búsanic y Tucubavia,  que era territorio que ya había sido cubierto por Kino y Salvatierra anteriormente.

Sin embargo, en adelante eran territorios desconocidos: siguieron al noroeste hasta pasar por Gubo Verde (actual Pozo Verde), y más allá por una ranchería llamada Cups, al norte del pico de Bavoquívari, donde los nativos le hablaron de unas grandes casas situadas a 5 días de jornada rumbo al norte aunque se rehusaron a llevarle por temor, y entonces Manje decidió regresar a Caborca. Cambió entonces de rumbo al suroeste hasta  Moicaqui (actual Quitovac) y un día después atravesaban esa árida región en medio del calor veraniego, recorriendo más de veinticinco leguas (unos 100 kilómetros) hasta que llegaron a una ranchería cercana a Caborca donde se atiborraron de agua para satisfacer la sed y el calor, lo que enfermó a todos.

Después, al llegar a Caborca, Kino le dijo que había recibido una orden del Padre Visitador, Juan Muñoz de Burgos, ordenándole que cesara en la construcción del barco, y aunque contaba con el permiso del Padre Provincial, decidió obedecer a su superior jerárquico hasta determinar la orden definitiva.

Para entonces, Manje había enfermado gravemente y tenía una altísima fiebre, por lo que el misionero pensó que moriría, lo confesó y le dio los últimos sacramentos, aunque pasaron cuatro días sin cambio hasta que, según nos dice Manje mismo: “pedí me sacasen y cargasen de tierra de tan adustos soles; y, parte a caballo teniéndome, y cargado en hombros de indios, a los seis días de camino, sin poder probar más de tres veces atole o puches, andadas cuarenta y cinco leguas, en el 26 de junio, llegué a la misión de San Ignacio…”

Allí lo dejó Kino al cuidado del padre Campos mientras él seguía a Dolores.  Y según el mismo Manje nos cuenta: “…en medio que el dicho padre me mandaba hacer quintas esencias de guisados de huevos, gallinas y otros, con todas especies, por no recabar el que comiese, por lo totalmente desganado, con la molesta enfermedad en que me parecía todo salobre lo que, a fuerza, me hacía probar, me privó de beber agua, que era toda mi ansia y apetencia, y subiendo la tinaja en alto, porque no la alcanzase…”

El no poder beber agua enloquecía a Manje y aprovechó la obscuridad nocturna para arrastrarse hasta la tinaja, aunque al intentar alcanzarla se la derramó encima, bañándose todo el cuerpo. Eso lo alivió de inmediato.

Ya recuperado de su enfermedad, aunque perdió completamente el cabello, nueve días más tarde partía a Dolores y de allí a  San Juan Bautista, donde vivía, en donde allí informó a su tío, el Comandante de las Armas de la provincia, Don Domingo Jironza, acerca de su viaje.

Mientras, al haber escuchado Kino la narración de las grandes casas más hacia el norte, decidió ir a visitarlas. Esperó a que terminara el verano y ese noviembre salía rumbo al Norte.

Viaje de noviembre de 1694

 Llegó hasta el Bac, terreno ya conocido, y de allí continuó por 43 leguas más (unos 130 kilómetros) hasta que llegó al actual Casa Grande, en Arizona.

Las ruinas de Casa Grande, en el actual Arizona
 A la pluma de Kino debemos esta descripción de la construcción que aún hoy se puede visitar: “…es un edificio de cuatro altos, tan grande como un castillo, y como la mayor iglesia de estas tierras de Sonora. Dícese la dejaron y despoblaron los mayores de Moctezuma y, perseguidos de los cercanos apaches, salieron al oriente o Casas Grandes [Chihuahua] y de allí tiraron hacia el sur… y fueron a fundar la gran ciudad y corte de México.”

Sin embargo, Kino se equivocaba, ya que hoy sabemos que esas fueron construcciones de la cultura Mogollón, cuyos restos también se encuentran al Este de Arizona, en Nuevo México y en Chihuahua, y que aunque esta cultura tuvo relaciones comerciales con el altiplano central de México, formó una cultura diferente.

domingo, 3 de abril de 2011

Un barco en Caborca

Habiendo conseguido la ayuda de Juan Matheo Manje para que le sirviera de enlace entre lo religioso y lo civil después de su entrevista con Domingo Jironza, Kino lo llevó de inmediato a Dolores para aprovechar su asistencia. Corría el mes de febrero de 1694 y el día 7 partían Kino y Manje desde la misión cabecera rumbo al oeste.

Viaje de Kino y Manje de Febrero de 1694
Ya en Magdalena, se les unió el jesuita Marcos Antonio Kappus, quien ahora se encargaba de Cucurpe, además de dos españoles y 20 indígenas. De Magdalena continuaron su viaje hacia el poniente y pasaron por el Tupo y más allá por el Bosna, para después llegar al Ocuca, entonces llamado Oacuc.
 
Del Ocuca continuaron su travesía hasta que llegaron a Caborca, aunque no se detuvieron a descansar sino que siguieron hasta que llegaron al cerro del Nazareno, que Kino había ascendido en su viaje anterior a la región. Ascendieron al pico más alto, y desde su cima divisaron el mar y más allá a California en donde alcanzaron a ver cuatro picos, los que bautizaron como Los Cuatro Evangelistas, aunque debido a que el nombre de San Lucas ya había sido asignado al cabo en donde termina California, lo reemplazaron con el de San Antonio.

Después, Kino y Manje continuaron su viaje hacia el mar, mientras que Kappus se quedaba con las cabalgaduras, para después regresar todos juntos hasta Dolores. En total, en ese recorrido según nos dice Manje: “contamos novecientos cincuenta indios gentiles. Bautizáronse cincuenta indios párvulos y adultos enfermos…”

Ese viaje le inspiró a Kino una idea: constuir un barco en Caborca para, en piezas, llevarlo desarmado a la costa, armarlo y desde allí botarlo. Siguiendo esta idea, de inmediato según nos informa Manje: “Labramos en la misión de los Dolores, estay, manales y barraganetes que llevar, en cargas, al viaje, con dictamen de labrar quilla, timón y demás adherentes, conducentes en el dicho Caborca…” Después de terminar estas piezas, el 16 de marzo partían nuevamente de Dolores hacia el poniente, llevando lo que habían construido, y llegaron a pasar la primera noche en Magdalena. Un día después pasaron por el Tupo y de allí hasta Tubutama, donde pernoctaron nuevamente.

Viaje de Kino y Manje, en marzo de 1694
Al día siguiente continuaron el recorrido, siguiendo corriente abajo por las hermosas alamedas del río, hasta que llegaron a un lugar que Manje bautizó como Altar, nombre que aún conserva el poblado local. Desde allí, mientras que enviaban las piezas del barco a Caborca, Kino y Manje se desviaron al noroeste a bautizar enfermos y visitar lugares, y después de este rodeo dirigieron sus pasos a Caborca.

Llegando, de inmediato se dieron a la tarea que les llevaba, y “para dar principio a la fábrica del barco, se  cortó un grande y grueso álamo, por no haber, en este país, otra especie de árbol y de madera” Sin embargo, a pesar de que le desenterraron las raíces para facilitar su caída, el árbol se resistía a ser derribado.

Fue entonces que el joven Manje se ofreció voluntariamente: “subí yo al árbol, para amarrar reatas y sogas, para estirar de abajo la gente… estándolas atando, a la punta y remate de él, fue cayendo, y yo, asido del tronco. Y aunque al golpe y estruendo se quebraron muchos brazos de su copa, salí sin lastimarme, sin lesión alguna…”

Aprovechando esta algo quijotesca escena, podemos imaginarnos al misionero convenciendo al joven aragonés de su idea de construir un barco, a pesar de que todos los elementos se encontraban en su contra: la madera de álamo, para quienes conocen ese árbol, es extremadamente porosa, por lo que al sumergirla al agua inmediatamente se convierte en una esponja que absorbe el agua. Además, debió ser una imagen única ver a aquellos peregrinos que se dirigían, atravesando los arenales de esa región, llevando a cuestas un barco que pensaban armar en la costa sonorense.

Pero eso no sucedería. Después de derribar el álamo, Manje dejó a Kino a que continuara con la construcción del barco, mientras él se fue a explorar rumbo al poniente. Subió nuevamente al Nazareno para divisar la costa y en seguida llegó hasta el mar, para luego volver a Caborca, en donde lo esperaba Kino, quien le dijo que tendrían que regresar a Dolores, porque era necesario esperar a que se secara la madera que habían cortado. Así, nuevamente regresaron a la misión cabecera de Kino.


domingo, 27 de marzo de 2011

Kino y Manje

Asistimos anteriormente en esta serie de artículos a la primera entrada registrada por Kino al actual territorio arizonense. Después de eso dirigiría su atención al, hoy sabemos, Golfo de California.

En diciembre de 1693, acompañado del gran ignorado por nuestra historia, el misionero aragonés, Agustín de Campos, y del Capitán Sebastian Romero, se dirigió hacia el poniente. Llegaron a Caborca, región donde los nativos “en algunas se partes se huían de miedo extrañando las caras nuevas y blancas, que nunca las habían visto,” y más cercano a la costa, desde la cima de un cerro al que llamó El Nazareno, alcanzó a ver la costa californiana más allá del mar. La curiosidad se le había despertado. Regresó a Dolores y de allí fue a San Juan Bautista, ubicado al noroeste de Cumpas, a conferenciar con el Alcalde Mayor de Sonora, Domingo Jironza Petriz de Cruzat, a quien le pidió un asistente lego que sirviera de enlace entre lo religioso y la administración hispana, y que también diera testimonio de los descubrimientos del misionero.

A Jironza le agradó la propuesta y le encomendó a su propio sobrino la tarea; un joven de 23 años de edad, aragonés como él, de nombre Juan Matheo Manje y Cabero. Desde ese momento y por varios años, Manje acompañaría a Kino mientras que el resultado de esos viajes, sus diarios, nos sirven como contraparte a los de nuestro Jesuita.

Leyendo esos diarios y otros documentos contemporáneos, he concluido que Manje, el gran desconocido de la historia pimalteña, constituye la contraparte perfecta al Quijote que fue Kino, aunque de ninguna manera fue un Sancho. Un hecho desconocido hoy es que Manje, también fronterizo al igual que Kino, ya que nació en los límites entre Aragón y Francia, tenía un parentesco cercano con el sabio mexicano, Carlos de Sigüenza y Góngora.

Es muy probable que ese parentesco haya sido factor en la constante negativa de Manje a aceptar la peninsularidad californiana que promovía el Jesuita; también es probable que esa conexión le haya abierto las puertas de la intelectualidad mexicana al joven recién llegado al Nuevo Mundo, aunque tal vez desde Iberia estaba ya familiarizado con obras europeas, ya que en sus textos nos habla de la Monarquía Indiana de Torquemada y de los Naufragios de Cabeza de Vaca, del Año Mexicano de Sigüenza y de la Crónica de Perú de Calancha, de las Cartas de Agreda y de la Historia General de Herrera, del Mundus Subterraneus de Atanasius Kircher y del Arte de los Metales de Barba, etcétera.

Además, al igual que Kino, Manje, hombre de su tiempo, tiene una mente en la que se entrelazan la transición entre lo medieval y el racionalismo. Muestra una concepción del mundo que hoy calificaríamos de moderna: nos habla de la bahía del Hudson y de los grandes lagos, del origen de los volcanes y de Nueva York, de Canadá y de Filipinas; aunque también participa en una interpretación medieval, mágica: cree que Santo Tomás Apóstol vino a América y, asumiendo la figura de Quetzalcóatl, trabajó en el continente en la conversión de los indígenas; así como que los indios americanos descienden de Noé a través del hijo maldito, Cam, de quien procede Misraím y de este último Neptuín quien, según él, pobló el continente americano. Esta idea, por cierto, también sería expresada por Sigüenza y Góngora.

Pero además, Kino no posee el monopolio de la cartografía pimalteña, ya que Manje también elaboró mapas de la región, mapas que desafortunadamente han desaparecido, aunque nos describe su familiaridad con los aparatos astronómicos: “sacamos el astrolabio y demás ynstrumentos con que se pesó el sol, y se isieron, con el cuadrante, otras observaciones, con la estrella polar y punto imaginario del norte…” mientras que en otra parte nos informa: “Mantienese el rio Grande, según las oserbaciones que hizieron los Padres por sus instrumentos, como yo por los míos, en 33 grados de polo boreal…”

En resumen, en Manje encontraría Kino una casi perfecta contraparte para su obra de vida mientras que, para nosotros, Manje constituye el primer ejemplo de esa característica tan pimalteña, tan nuestra, de convivir en la misma persona lo racional y lo mágico, la posmodernidad y el Medievo; es decir, el sonorense posmoderno que también peregrina en octubre a Magdalena.