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domingo, 4 de diciembre de 2011

La Pimería Alta después de Kino

Después del fallecimiento de Kino, la Pimería Alta continuó su vida cotidiana. El Padre Luis Javier Velarde se hizo cargo de la misión de Dolores, que había estado a cargo de Kino, y el Padre Agustín de Campos continuó, desde San Ignacio, la labor misional en el Valle del Asunción; para 1715 había realizado tres viajes a la costa sonorense, y en 1721, acompañado de Manje la visitaría nuevamente, intentando encontrar al misionero californiano, Juan de Ugarte, quien había construido un barco para explorar la costa, aunque sin éxito.  A su vez, Manje seguiría su vida en el Norte del actual Sonora, formando una familia y estableciéndose en lugares relacionados con la minería, ya que vivió en Tetuachi, Nacozari y Bacanuchi hasta su deceso que debió de ocurrir poco después de 1736. El Padre Juan María Salvatierra, por su lado, sobreviviría a Kino seis años, y para entonces los Jesuitas habían fundado siete misiones califórnicas.

En 1727 llegó a la Pimería el Obispo de Durango, y al atestiguar la precaria situación de la región, consiguió más misioneros. 1732 vería el arribo de tres jesuitas nativos de Europa Oriental, Segesser a San Xavier del Bac, Grashoffer a Guevavi (situada a unos 10 Km al Norte del actual Nogales, Arizona), y Keller a Suamca (actual Santa Cruz), los que se encargaron de continuar la labor misional y exploratoria.

Por esos años, las pugnas por la tenencia de la tierra entre misiones y españoles aún no existían. Posiblemente los misioneros y militares alentaban el establecimiento de ranchos en regiones apartadas de la labor misional que sirvieran de protección contra los apaches. Así sucedió en el río Santa Cruz con el establecimiento del rancho de Diego Romero, Santa Bárbara, en 1727, desde donde se extendieron a otros más por esa región: en 1741 se les adjudicaban dos sitios y medio de terreno a los herederos de Romero en el antiguo rancho ganadero de Kino, San Luis, mientras que Santa Bárbara pasaba por entonces a posesión de Gabriel Antonio de Vildósola.

En 1736 era descubierto, al suroeste del actual Nogales, Sonora, un yacimiento con enormes lozas de plata pura, la mayor de las cuales llegó a pesar dos toneladas. Era un lugar aledaño al puesto del Arizona que desde entonces lleva el nombre de Planchas de Plata. Se ordenó el embargo de lo encontrado, inició la investigación si era yacimiento natural o tesoro enterrado, aunque los constantes ataques apaches y el agotamiento del metal superficial llevaron al abandono del lugar. De cualquier manera, su fama continuó a través del tiempo hasta heredarle su nombre al actual Estado de Arizona.  El panorama se veía promisorio: el Padre Sedelmayr, desde Tubutama, se había encargado de continuar la expansión misional en toda la Pimería Alta, realizando viajes exploratorios al río Colorado en 1744, 1749, 1750 y otro más después de 1751, además de escribir un informe de sus actividades e ir a la Cd. de México para promover otro impulso misionero más para la región.

Sin embargo, este crecimiento de ranchos y arribo de mineros españoles llevó al mayor problema que viera la Pimería Alta en toda su historia. En noviembre de 1751, una rebelión encabezada por el Pima Luis de Sáric sacrificaba a los misioneros de Caborca y Sonoita y de sus españoles y gente de razón; en Oquitoa fueron muertos 20 españoles más; en Sáric mataron a los españoles y fueron destruidos todos los asentamientos situados entre esa misión y la de San Javier del Bac, a la vez que en Tubutama fue atacado el pueblo. No corresponde a este espacio la crónica del levantamiento, aunque debo agregar que resultó en un éxodo generalizado de españoles de la Pimería Alta y en el establecimiento, por el gobierno, de los presidios (fuertes militares) de Tubac y Altar.

Otra consecuencia de este levantamiento, aunque de muchísimo mayor importancia, ocurrió en 1767 cuando todos los misioneros jesuitas fueron expulsados de los dominios españoles y reemplazados el año siguiente por los frailes franciscanos aunque  bajo otras condiciones de trabajo.

Poco después, el día 14 de octubre de 1775 pasaba por el entonces despoblado arroyo de Los Nogales una expedición de más de un centenar de colonos encabezados por el Cap. Juan Bautista de Anza hijo. Ellos lograron llevar a cabo la idea que sostuviera Kino durante toda su estancia en la Pimería Alta: establecer una ruta por tierra entre Sonora y California. Su motivación, sin embargo,  no fue establecer el comercio con Asia sino proteger California de las incursiones rusas. Después de su paso, el silencio regresó al arroyo, a esperar un siglo más para que naciera una población dividida por una frontera internacional que entonces no existía, en estas ciudades que hoy conocemos como Ambos Nogales.

domingo, 27 de noviembre de 2011

La muerte de Kino

No sabemos si Eusebio Francisco Kino realizó durante su vida más expediciones que las que he citado en esta serie de artículos, ya que no hay mención de alguna posterior a la última que mencioné. De cualquier manera, durante los meses siguientes a su última expedición registrada, continuó con su preocupación por abastecer las misiones califórnicas.  En diciembre de 1709 le escribía al Padre Juan de Yturberoaga, Procurador de la Provincia Jesuita de Nueva España: “El padre rector Juan María de Salvatierra da a entender que mi principal obligación [es] socorrer a la California por disposición de nuestro padre general …” Así, siguiendo esa tarea, transcurrieron los últimos meses de la vida del misionero pimalteño quien, desde su misión de Dolores, veía cómo había ido creciendo la Pimería Alta como abastecedora de las misiones califórnicas.

De esta manera llegó el 15 de marzo de 1711. Esa fecha le tocó asistir a la dedicación de una nueva capilla en la iglesia de Magdalena y nuestro misionero debió recorrer nuevamente ese camino que había recorrido tantas veces desde aquél lejano 1687 en que llegó, y que lo separaba de la cuenca del San Miguel, donde se encontraba Dolores, de la del Asunción, ubicación de Magdalena; así remontaría la sierra del Torreón que aún hoy domina el paisaje desde la carretera internacional y entraría al valle magdalenense. Ya en Magdalena, celebrando la ceremonia de dedicación de la capilla de San Francisco Xavier se sintió mal y esa noche falleció. Al padre Agustín de Campos le tocaría enterrarlo y registrar su fallecimiento en un acta cuya imagen aparece a la derecha y reza:
 
Año de 1711. En quince de marzo, poco antes de medianoche, recibidos los santos sacramentos, murió con grande sosiego y edificación en esta casa y pueblo de Santa Magdalena el padre Eusebio Francisco Kino, de edad de setenta años. Mntro de Nuestra Señora de los Dolores, fundada por el mismo padre, el cual trabajó incansablemente en continuas peregrinaciones y reducción de toda esta Pimería. Descubrió la Casa Grande, ríos de Gila y Colorado, y las naciones cocomaricopas y sumas y los quicamaopa de la isla; y descansando en el Señor está enterrado en esta capilla de San Francisco Xavier, al lado del Evangelio, donde caen la segunda y tercera silla, en ataúd. Fue de nación alemán, de la provincia a que pertenece Bavaria. Habiendo sido antes de entrar en la Pimería misionero y cosmógrafo en la California, en tiempo del almirante don Isidro de Otondo. Agustín de Campos S.J.

Al leer este texto, de inmediato varias inexactitudes llaman nuestra atención. De ellas, las más notables son que la edad verdadera de Kino, quien fue bautizado el 10 de agosto de 1645, era al momento de su muerte 65 años cumplidos y no setenta como asentó Campos. Además, que Campos aún entonces y contra la opinión de Kino, pensaba que California era una isla. Finalmente, tendríamos la mención de que fue alemán, ya que el mismo Kino no estaba seguro de su nacionalidad o que el apellido del alimrante califórnico fue Atondo, no Otondo. (Debo agregar que la imagen del acta de fallecimiento del misionero que adorna este artículo fue editada. El original ocupa dos páginas, el final de una y el inicio de otra) 

No podemos deducir la enfermedad que le causó la muerte a Kino en caso que no haya sido simplemente la edad. Manje mismo nos orienta hacia una pista probable sobre las enfermedades que, crónicamente, enfermaban a Kino y que apuntan a malaria:  “En las fuertes fiebres que le daban, no provava nada en 6 días que más que levantarse a celebrar y acostarse; y, deviltanto y desmaiando la naturaleza las extinguía.”

Y en cuanto a su temperamento, también Manje nos lo explica:  

“sus conversaciones eran los melifuos nombres de Jesús y María y las combersiones de los gentiles, por quienes siempre pedía a Dios… Conozí era de natural colérico quando reprendía al que pecava públicamente; y, si despreciaban su persona, lo atemperava tanto que ya avía hecho ávito de realzar a quien con vilipendios, denuestos e ynproperios lo maltrataba de palabra, obra o por escrito, usando los superlativos de “reciví la gratísima, estimadíssima” y otros de obsequio y agradecimiento; y, si era en su cara, yva a abrazar al que los decía, diciendo: “es vuestra merced y a ser mi queridíssimo dueño, aunque no quiera” Y luego yva quizá a ofrecer los desprecios al Divino Señor y Dolorosa Madre a cuio templo entrava a rezar cada día cien vezes. Y después de cena, viéndonos ya acostados, se entrava en él, y, aunque me trasnochava leiendo, nunca le oí salir para coger el sueño que era bien parco.”

En 1712, un año después de la muerte de Kino, el Padre Campos desenterró los restos de los padres Ignacio de Yturmendi y Manuel González de Tubutama, donde habían sido inhumados al morir allí, y se los llevó a Magdalena, en donde los reinhumó  a los lados de los de Kino. Allí pueden ser vistos actualmente por el viajero, acompañando a los del misionero trentino.

domingo, 25 de septiembre de 2011

Construyendo y reafirmando


Después de que Kino regresara de dejar al Padre Gerónimo Minutuli en Caborca esa primavera de 1705, la situación era muy positiva para la Pimería Alta, aunque ya se veía que, por designios superiores, el proyecto de Kino, la Pimería Alta como base de desarrollo de California, pasaría a segundo plano. 

Juan María Salvatierra y Visconti
 
El Padre Salvatierra, principal promotor de las misiones califórnicas, había sido nombrado Provincial Jesuita en Nueva España y éste a su vez nombró al misionero en Guaymas, Francisco María Pícolo, como Visitador de Sonora. La función principal del Visitador consistía en realizar uno o más recorridos generales por toda su jurisdicción y ver su condición. 

Así, Pícolo llegó a Dolores y verificó su magnífica situación para continuar después su viaje, y Kino lo acompañó hasta San Ignacio y a “Santa María de Magdalena, a donde [el Padre Campos] estaba fabricando la iglesia y la casa.” No podría adivinar que, seis años más tarde, le tocaría acudir a la dedicación de ese templo y durante esa ceremonia enfermaría, moriría y sería enterrado en ella.

Del valle de Magdalena, Pícolo se adelantó a Tubutama, a ver el templo que construía Kino allí, y después visitó Atil y Oquitoa, para regresar de nuevo al Valle de Magdalena. En Imuris nuevamente se le unió Kino para llevarlo a Cocóspera y Remedios –obviamente estaba orgulloso de su obra material-, y allí admiraron las iglesias que Kino había construido. Después Pícolo continuó su viaje de reconocimiento yendo hacia el Sur, aunque el recuerdo de lo visto en la Pimería no se borró de su mente. Continuamente le escribiría a Kino desde las misiones que visitaba. Tal vez la frase más ilustrativa del impacto causado en él por lo que había visto en la Pimería Alta se encuentre en una carta que le envió desde Batuc: “Quisiera yo servir a Vuestra Reverencia de mozo de mula en sus apostólicas caminatas … siendo esas misiones [de la Pimería Alta] las puertas para tan dilatadas naciones y gentes, es fuerza, mi amantísimo Padre Eusebio, poner todo nuestro cuidado en ellas.” Pero de California, ni una palabra.

Como refuerzo a los logros pimalteños, poco después el Padre Salvatierra nombraba a Kino como Procurador de las Misiones de la Pimería Alta. Es decir, formalizaba la función que éste ya había desempeñado extraoficialmente desde años antes: abastecer de productos y de todo lo material a las nuevas misiones. Además, empezando 1706  llegaba un nuevo misionero, Domingo Crescoli, también italiano, destinado a hacerse cargo de la misión de Caborca la que, aunque había permanecido sin misionero por varios años, de cualquier manera no estaba abandonada, ya que nos cuenta Kino, allí había: “casa en que vivir, iglesia … con capaz casa, despensa, panadería, horno, cocina, principios de huerta con maíz de cosecha y un buen tablón de trigo sembrado y nacido. Item, con ganado mayor y menor y caballada y manadas de yeguas, etc.”  y hasta Caborca lo llevó Kino para después regresar a Dolores no sin, al volver, hacer una visita de inspección por las misiones de la Pimería, en donde su labor constructora no cejaba. 

Así, la mayoría contaba con “muy pingües y abundantes labores, sementeras y cosechas de trigos, y maíces, y frijol, y garbanzos, habas, lentejas, alberjón, etc. Hay buenas huertas y en ellas viñas para vino de misas, con cañaverales de caña dulce para miel y para panocha y con el favor del cielo, en breve, para azúcar, con muchos árboles frutales de Castilla como son higueras, membrillos, naranjos, granadas, priscos, duraznos, melocotones, albaricoques, perales, manzana, morales, nogales, tunas, etc., con todo género de hortaliza, coles, melones, sandías, repollos, lechugas, betabeles, ceb ollas, ajos, calandrio, anís, chile, mostaza, hierba buena, rosas de Castilla, azucenas, etc., con muy buenas maderas para todo género de fábricas, pinos, fresnos, cipreses, nogales, chinos, mezquites, alisos, álamos, sauces, tarai, etc.”  Kino, gracias a la mano de obra indígena, había convertido la aridez pimalteña y su economía de subsistencia de recolección nómada, en regiones fértiles con excedentes de producción que servirían para el crecimiento misional.

En Síboda (Cíbuta de hoy), estando por iniciar la cuaresma, les dio ceniza a unas treinta personas “en la nueva iglesita”, dijo misa y ordenó reunir una manada de yeguas, con su garañón y burro, y los llevó hasta Aquimuri, para enviarlos desde allí a Caborca,  mientras que él seguía a Búsanic, en donde se continuó con la construcción de la iglesia; luego fue a Tubutama a revisar lo construido allí, para regresar después nuevamente a Caborca, en donde recibió una carta de Pícolo, avisándole que próximamente iría a visitarlo. Así que nuestro misionero decidió regresar a Dolores para ver los proyectos que le presentaría éste.

domingo, 11 de septiembre de 2011

Constuyendo templos en la Pimería Alta


Según vimos en el artículo anterior de esta serie, el Padre Manuel González falleció en Tubutama al regreso de la expedición con Kino al Colorado en 1702, y el Padre Ignacio Iturmendi, que lo asistió en sus últimas horas, moría también en Tubutama poco después, el 4 de junio. Eran, aquellas, regiones insalubres, eran territorios en donde las amenazas apaches se unían a enfermedades gastrointestinales, a males respiratorios y demás.

Pasaría una década, y en 1712 nos dejaba una anotación el Padre Ignacio Campos en el libro de defunciones de San Ignacio: “A fines de enero, habiendo yo traído de Tubutama los huesos del padre Manuel González, misionero de muchos años en Oposura, ex visitador, quien murió en Tubutama… en el año 1702, y los huesos del padre Ignacio Iturmendi, misionero de Tubutama, que murió allí el año de su entrada… colocamos los huesos solemnemente en esta capilla; los del padre Manuel al lado del Evangelio en una cajita, y los del padre Ignacio en otra, en la Epístola..” Y en ese mismo lugar pueden ser vistos actualmente por quien visita la plaza de Magdalena, acompañando a los de Kino.

Los restos de Kino junto con los de Gonzalez e Iturmendi
Por aquel entonces, según nos cuenta nuestro misionero, “hacía algún tiempo que yo no había visto a los hijos del poniente y nación del Soba, ni a los sobaipuris del norte y de San Xavier del Bac, con lo que entré a fabricar en las dos iglesias de San Ambrosio del Búsanic y en la de Santa Gertrudis del Sáric, y comencé a dar principio a la iglesia grande de la Concepción del Caborca, al poniente, y a ver sus ganados y sementeras y cosechas de trigo y maíz…” Hay aquí que aclarar que ninguna de estas iglesias permanece hoy en pie: todas han regresado a la tierra.

El misionero no preveía ningún problema en el crecimiento misional, ya que contaba con capital para financiarlo: “Y si vuestra Reverencia gusta, bien se pueden buscar prestados en Roma estos mil cien pesos, que este partido de Nuestra Señora, que vale ya más de cuarenta mil pesos y da cuatro o cinco o más mil pesos cada año, pagará no sólo lo principal, sino también el interesse, ut vocant (como lo llaman), de cinco o seis o siete por ciento, lo que se estilare en Roma o España…” 

La iglesia de Arizpe
Pidiendo más misioneros, Kino envió un verdadero alud de cartas, aunque pasaron los meses sin que arribara ninguno. Así decidió ir él mismo a la Ciudad de México. La guerra de Sucesión Española, empero, vino a trastocar ese plan y el misionero decidió permanecer en la Pimería construyendo más templos misionales, según escribió: “Por habérseme estorbado mi ida hacia México, como a la California, me apliqué a fabricar con la eficacia y brevedad posible, para tener esto más andado, las dos iglesias que estaban algo empezadas en mis dos segundo y tercer pueblos..”es decir, en Remedios y Cocóspera. Allí concluyó nuevos templos: “mandé cortar las maderas necesarias para la viguería de pino, zapatería, tablazón… se hicieron altas y fuertes paredes de dos grandes y buenas iglesias con sus dos capaces capillas, que hacen crucero, con buenos y vistosos arcos. Se trajeron de los cercanos cerros y pinerías las maderas y se techaron las dos buenas fábricas con sus cimborios y linternillas…”
El templo de Huepac

Y aunque es muy probable que esos maderos hayan desaparecido hace tiempo, el viajero  moderno puede imaginarse a aquellos constructores bajando los troncos de pino de la cercana Sierra Azul con sus más de 2,000 metros de altura, así como reconstruir mentalmente el método de fábrica empleado, que fue el mismo usado en los templos de Huépac, Arizpe u Oquitoa, que aún permanecen en pie y pertenecen también a la época jesuítica: techos formados por zapatas que refuerzan los maderos que sostienen al terrado que protegía contra la lluvia,

Y en cuanto a los muros de esos edificios, hace también ya muchos años que desaparecieron debido a que fueron construidos con adobes (ladrillos secados al sol): duros y resistentes a la compresión pero que cualquier lluvia disuelve. Así sucedió con el de Remedios, así con el de Cocóspera, ya que las ruinas que se encuentran a un lado de la carretera entre Imuris y Cananea, en Cocóspera, no son las del templo de Kino sino de uno posterior, construido por Franciscanos. Es decir, la obra material de Kino hace mucho que regresó a la tierra.

Las ruinas de Cocospera
Sólo quedan vivas, en la mente popular, en la ideología norsonorense, evocaciones ignotas de origen desconocido, reminiscencias tal vez de las caminatas expedicionarias de Kino o tal vez recuerdos ancestrales de peregrinaciones prehispanas (sobre las que hablaré posteriormente). Lo cierto es que anualmente se manifiesta, en octubre, la caminata a Magdalena, la Manda como se le conoce, cuando en una penitencia común, a veces de días, miles de norsonorenses y arizonenses convergen en esa población cubriendo a pie las grandes extensiones de nuestra geografía buscando, todos, una recompensa a su ofrenda, a su sacrificio. Esta consiste en el cumplimiento, o no, de una petición personal hecha a San Francisco (de Asís o de Loyola, no importa), tal vez a Kino o a Colosio.

domingo, 8 de mayo de 2011

De calabazas y puntales

Después de que Kino detuviera en julio de 1696 en su casa de Dolores a los nativos que consideró culpables de la muerte de Saeta, y que para lograr resolver el problema del asilo religioso propuso invitarlos a comer calabaza en la casa del Teniente para que, cuando estuvieran allí arrestarlos oficialmente, sobrevino la condena regional.

El veterano Padre Horacio Polici, misionero en Bacerac y recién nombrado Visitador de las Misiones, le escribió el 21 de septiembre diciéndole que: “con precepto le mandaba” que los prisioneros fueran puestos en libertad. La orden fue, sin embargo, extemporánea, ya que Kino la recibió cuando los nativos se encontraban  ya en manos del Teniente Peralta, por lo que éste le pidió ayuda al Rector, Francisco Xavier Mora, para liberarlos: “Sírvase vuestra Reverencia de avisarme de lo que podemos hacer para conseguirles su libertad…” 

Para entonces, Pólici no se había quedado de manos cruzadas y le había ordenado al Padre Mora que abogara por rescatarlos, lo que éste logró, según informaría: “…antes que se cumpliesen dos días de haber recibido la orden se los saqué al teniente y me los traje sueltos a esta misión [de Arizpe], donde los guardé hasta que les negocié totalmente el perdón por escrito” aunque agregó: “…no me fié en dejarlos en la misión del padre Kino … porque juzgué no estaban seguros…”

Además, para que no se repitiera esa o se diera alguna situación similar, Mora le escribió a Kino “…una carta seria poniéndole a la vista todas las cosas en que había faltado;” aunque después de leerla, éste hizo uso de la función que tenía por entonces de Admonitor, o sea una posición estipulada en las normas Jesuíticas (No 770 de las Constituciones), en la que el superior inmediato nombraba a algún subalterno para que honesta y confidencialmente le advirtiera sobre cualquier cosa, ya sea personal o de su gobierno, relacionada con “lo que piensa debe de ser para el mejor servicio y gloria de Dios;” y así fue cómo Kino le envió una durísima respuesta a Mora, quien se la transcribió al Visitador Pólici, además de agregarle el siguiente comentario: “… descargó sobre mí lo que yo no pondero, y vuestra Reverencia verá que es buena prueba de la reverencia que tiene a sus superiores o de la mucha virtud y humildad del padre…” 

En respuesta, Pólici le respondió el 23 de octubre: “La carta del padre Kino está para Roma. Una resma de papel no bastará ahora para contrapuntear la carta del padre Eusebio con argumentos todos fortísimos, pero nos cansamos de balde, él no lee papeles, sino especulando formalidades para seguir con su tema…” y concluía su misiva pidiéndole a Mora que, como Rector, reprendiera a Kino. Pero éste se excusó, ya que “… temía que el padre Kino me revolviese otra peor, pues estaba tan fresca la mano que me había dado su Reverencia….”

Y así corrió la voz sobre esta pugna. El Padre Manuel González, cuyos huesos junto con los del Padre Ignacio Yturmendi acompañan actualmente a los de Kino en su cripta, y que había precedido a Pólici como Visitador, se puso ahora del lado del Padre Mora y le escribió, apoyándolo; pero además agregaba un juicio que reforzaba lo expresado por Pólici en el  párrafo anterior de este artículo, además de poner en contexto de las pugnas de la élite intelectual novohispana y de la Pimería lo que sucedía entonces: “…la carta de Vuestra Reverencia para el padre Kino está muy buena. La del padre Kino está trabajosa como su Reverencia escribió de Sigϋenza…”

¿Porqué ligaba González esta carta admonitoria de Kino con lo sucedido con el cometa?  Pues porque para el Padre González, al igual que para Pólici, ésta era otra manifestación más de la tendencia de Kino a reinterpretar los hechos, en sus textos, a su favor, ya que si anteriormente, a su llegada a la Nueva España, Kino había provocado una polémica gratuita con Sigüenza  cuando escribió su “Libra Astronómica” en la que ligaba la aparición de un cometa con buenos augurios para el gobierno, obra que había provocado a Sigüenza a responderle con su “Exposición Astronómica…”  (Puedes ver aquí el artículo de esa polémica). en la que negaba la capacidad de los cometas a producir buenos o malos sucesos terrenales; mientras que ahora en su amonestación nuevamente Kino reinterpretaba lo sucedido; ambas acciones, la del cometa y la carta admonitoria de Kino eran vistos por los demás misioneros pimalteños como manifestaciones de la tendencia de Kino para reinterpretar los hechos a su favor.

Y así fue cómo, al terminar ese año de 1696, se manifestaban en el teatro pimalteño dos perspectivas: por un lado la opinión de los superiores inmediatos a Kino de que éste se sujetara a las normas establecidas, y por la otra la visión de las autoridades superiores de que era necesario apoyar la capacidad del misionero tridentino para lograr la conquista espiritual y material pimalteña.

Aún el padre Pólici se vio envuelto en la polémica: el 1 de noviembre le ordenaba a Mora que confiara a Kino la conquista de nuevas misiones entre los indios Sobaipuris en el río San Pedro, en el actual Arizona, ya que “esta obra [será] de muchísimo servicio de Dios y del rey,” aunque el mismo día verbalmente le ordenó al Padre Agustín de Campos, de San Ignacio, que se hiciera cargo de esa misma tarea. Campos, a su vez, le hizo saber ésto a Mora quien, confuso, obedeció la orden que había recibido por escrito y le encargó a Kino la empresa del río San Pedro, aunque comentó: “supuesto que el padre Campos sabe muy bien la lengua y el padre Kino no, éste se pudiera quedar en su Cotzari y el padre Campos andar en la empresa…”

Todo lo anterior mereció un comentario del mismo Padre Pólici quien, refiriéndose a la edad de Kino, cincuenta y un años, escribió: “El puntal viejo y tuerto lo miro, pero hasta no tener puntales nuevos es fuerza valerse de él.”