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lunes, 12 de diciembre de 2011

El Verdadero Significado de la Obra de Kino


En un erróneo afán por ensalzar  la obra de Eusebio Francisco Kino, se ha sostenido que introdujo la agricultura, la ganadería o ambas, ya sea a la Pimería Alta o a Sonora. Este es un desliz de apreciación histórica que de ninguna manera debe de desmerecer la obra del misionero.

Veamos, primero, la inexactitud de esta atribución a través de algunos ejemplos: años antes del arribo de Kino a la Pimería, cuando éste aún se encontraba en Europa, ya se extendía un rancho ganadero por las praderas cercanas al actual San Lázaro. El mismo Juan Matheo Manje, compañero militar de Kino en sus exploraciones, nos dice que allí “antiguamente, tubo en este puesto Juan Martín Bernal, español, una estancia de ganado vacuno y cavalladas de más de 6 mill cavesas…”  Además, también José Romo de Vivar tuvo otro rancho ganadero en el mismo lugar, años después. Finalmente,  Munguía Villela de igual forma tuvo otro rancho ganadero en las cercanías de donde años después Kino establecería su misión de Santa María (actualmente Santa Cruz).

Por eso es que si buscamos el significado real de la herencia de Kino, debemos entender primero que en la Pimería Alta se realizó el último esfuerzo de expansión del imperio Español y de evangelización en el Noroeste de la Nueva España. Las misiones establecidas por el misionero definieron, desde entonces, una frontera.

Durante aquellos años fue frontera entre la civilización europea y el mundo de los “gentiles” como se les conocía a quienes no habían recibido el bautismo. Fue frontera entre la región de habla hispana y las rancherías en donde se expresaban utilizando algún idioma nativo; frontera entre lo europeo y lo nativo;  frontera entre donde se practicaba el catolicismo y las religiones nativas.

Y así pasaron los años, y el impulso desarrollador de Kino con el paso del tiempo se fue convirtiendo en el último que intentó incorporar más regiones del noroeste bajo la égida del Imperio Español. No hubo intentos posteriores para llevar los límites del Imperio Español más allá. Y así fue cómo, cuando surgió Estados Unidos y se firmaron primero los Tratados de Guadalupe-Hidalgo y La Mesilla después, esta frontera cambió su significado al de una zona limítrofe entre dos naciones: entre México y los Estados Unidos.

Así fue cómo la antigua Pimería Alta se convirtió en la frontera entre los pueblos en donde predominaban los parlantes del idioma Español y aquellos en donde el Inglés imperaba; entre los pueblos católicos y los protestantes; entre las costumbres gregarias nuestras y las austeras del anglosajón.

Frente a esta situación, podemos muy bien hacernos la pregunta: ¿Qué habría pasado entre nuestras dos naciones si Kino no hubiera llegado a la Pimería Alta? Y tenemos que la respuesta es sencilla: tal vez el Imperio Español habría llegado a colonizar a esta región aunque, de seguro, lo habría logrado años más tarde de cómo sucedió. Así se habría colonizado la Pimería Alta cuando las condiciones geopolíticas eran ya diferentes, cuando el Imperio Español se encontraba en franca decadencia y toda Iberoamérica estaba más cerca de su independencia.

Y en lo internacional, en caso de que se hubiera dado, la conquista de la Pimería Alta por España, ésta habría ocurrido cuando la nación vecina se encontraba en franco proceso de expansión. Hay que recordar que Estados Unidos promulgó su independencia en 1776, casi una década después de la expulsión de los Jesuitas de los dominios españoles y ocho años después de que fueran reemplazados por los Franciscanos en 1768. Y aquí hay que recordar que no es coincidencia que el afán expansionista estadounidense únicamente se vio frenado aquí, en esta región.

¿Qué significa todo ésto? Pues sencillamente quiere decir que el legado de Kino se encuentra en la geografía política y no en la introducción o no de la ganadería o agricultura a la región. Debemos entender que, gracias a Kino, la frontera entre México y los Estados Unidos es como la conocemos hoy. Gracias a Kino, en esta región se habla Español y la religión tradicional es el catolicismo, gracias a él existe, aquí, una cultura que constituyó una barrera infranqueable para la penetración anglosajona. Y también, gracias a Kino, cuyo  afán de vida fue encontrar un camino por tierra que comunicara Sonora con Baja California, años después, cuando se discutía la frontera actual entre nuestras naciones, México se negó a aceptar una frontera que no permitiera la comunicación por tierra con Baja California. Por eso existe ese curioso ángulo en la frontera que permite la comunicación directa entre Sonora y Baja California



domingo, 4 de diciembre de 2011

La Pimería Alta después de Kino

Después del fallecimiento de Kino, la Pimería Alta continuó su vida cotidiana. El Padre Luis Javier Velarde se hizo cargo de la misión de Dolores, que había estado a cargo de Kino, y el Padre Agustín de Campos continuó, desde San Ignacio, la labor misional en el Valle del Asunción; para 1715 había realizado tres viajes a la costa sonorense, y en 1721, acompañado de Manje la visitaría nuevamente, intentando encontrar al misionero californiano, Juan de Ugarte, quien había construido un barco para explorar la costa, aunque sin éxito.  A su vez, Manje seguiría su vida en el Norte del actual Sonora, formando una familia y estableciéndose en lugares relacionados con la minería, ya que vivió en Tetuachi, Nacozari y Bacanuchi hasta su deceso que debió de ocurrir poco después de 1736. El Padre Juan María Salvatierra, por su lado, sobreviviría a Kino seis años, y para entonces los Jesuitas habían fundado siete misiones califórnicas.

En 1727 llegó a la Pimería el Obispo de Durango, y al atestiguar la precaria situación de la región, consiguió más misioneros. 1732 vería el arribo de tres jesuitas nativos de Europa Oriental, Segesser a San Xavier del Bac, Grashoffer a Guevavi (situada a unos 10 Km al Norte del actual Nogales, Arizona), y Keller a Suamca (actual Santa Cruz), los que se encargaron de continuar la labor misional y exploratoria.

Por esos años, las pugnas por la tenencia de la tierra entre misiones y españoles aún no existían. Posiblemente los misioneros y militares alentaban el establecimiento de ranchos en regiones apartadas de la labor misional que sirvieran de protección contra los apaches. Así sucedió en el río Santa Cruz con el establecimiento del rancho de Diego Romero, Santa Bárbara, en 1727, desde donde se extendieron a otros más por esa región: en 1741 se les adjudicaban dos sitios y medio de terreno a los herederos de Romero en el antiguo rancho ganadero de Kino, San Luis, mientras que Santa Bárbara pasaba por entonces a posesión de Gabriel Antonio de Vildósola.

En 1736 era descubierto, al suroeste del actual Nogales, Sonora, un yacimiento con enormes lozas de plata pura, la mayor de las cuales llegó a pesar dos toneladas. Era un lugar aledaño al puesto del Arizona que desde entonces lleva el nombre de Planchas de Plata. Se ordenó el embargo de lo encontrado, inició la investigación si era yacimiento natural o tesoro enterrado, aunque los constantes ataques apaches y el agotamiento del metal superficial llevaron al abandono del lugar. De cualquier manera, su fama continuó a través del tiempo hasta heredarle su nombre al actual Estado de Arizona.  El panorama se veía promisorio: el Padre Sedelmayr, desde Tubutama, se había encargado de continuar la expansión misional en toda la Pimería Alta, realizando viajes exploratorios al río Colorado en 1744, 1749, 1750 y otro más después de 1751, además de escribir un informe de sus actividades e ir a la Cd. de México para promover otro impulso misionero más para la región.

Sin embargo, este crecimiento de ranchos y arribo de mineros españoles llevó al mayor problema que viera la Pimería Alta en toda su historia. En noviembre de 1751, una rebelión encabezada por el Pima Luis de Sáric sacrificaba a los misioneros de Caborca y Sonoita y de sus españoles y gente de razón; en Oquitoa fueron muertos 20 españoles más; en Sáric mataron a los españoles y fueron destruidos todos los asentamientos situados entre esa misión y la de San Javier del Bac, a la vez que en Tubutama fue atacado el pueblo. No corresponde a este espacio la crónica del levantamiento, aunque debo agregar que resultó en un éxodo generalizado de españoles de la Pimería Alta y en el establecimiento, por el gobierno, de los presidios (fuertes militares) de Tubac y Altar.

Otra consecuencia de este levantamiento, aunque de muchísimo mayor importancia, ocurrió en 1767 cuando todos los misioneros jesuitas fueron expulsados de los dominios españoles y reemplazados el año siguiente por los frailes franciscanos aunque  bajo otras condiciones de trabajo.

Poco después, el día 14 de octubre de 1775 pasaba por el entonces despoblado arroyo de Los Nogales una expedición de más de un centenar de colonos encabezados por el Cap. Juan Bautista de Anza hijo. Ellos lograron llevar a cabo la idea que sostuviera Kino durante toda su estancia en la Pimería Alta: establecer una ruta por tierra entre Sonora y California. Su motivación, sin embargo,  no fue establecer el comercio con Asia sino proteger California de las incursiones rusas. Después de su paso, el silencio regresó al arroyo, a esperar un siglo más para que naciera una población dividida por una frontera internacional que entonces no existía, en estas ciudades que hoy conocemos como Ambos Nogales.

domingo, 27 de noviembre de 2011

La muerte de Kino

No sabemos si Eusebio Francisco Kino realizó durante su vida más expediciones que las que he citado en esta serie de artículos, ya que no hay mención de alguna posterior a la última que mencioné. De cualquier manera, durante los meses siguientes a su última expedición registrada, continuó con su preocupación por abastecer las misiones califórnicas.  En diciembre de 1709 le escribía al Padre Juan de Yturberoaga, Procurador de la Provincia Jesuita de Nueva España: “El padre rector Juan María de Salvatierra da a entender que mi principal obligación [es] socorrer a la California por disposición de nuestro padre general …” Así, siguiendo esa tarea, transcurrieron los últimos meses de la vida del misionero pimalteño quien, desde su misión de Dolores, veía cómo había ido creciendo la Pimería Alta como abastecedora de las misiones califórnicas.

De esta manera llegó el 15 de marzo de 1711. Esa fecha le tocó asistir a la dedicación de una nueva capilla en la iglesia de Magdalena y nuestro misionero debió recorrer nuevamente ese camino que había recorrido tantas veces desde aquél lejano 1687 en que llegó, y que lo separaba de la cuenca del San Miguel, donde se encontraba Dolores, de la del Asunción, ubicación de Magdalena; así remontaría la sierra del Torreón que aún hoy domina el paisaje desde la carretera internacional y entraría al valle magdalenense. Ya en Magdalena, celebrando la ceremonia de dedicación de la capilla de San Francisco Xavier se sintió mal y esa noche falleció. Al padre Agustín de Campos le tocaría enterrarlo y registrar su fallecimiento en un acta cuya imagen aparece a la derecha y reza:
 
Año de 1711. En quince de marzo, poco antes de medianoche, recibidos los santos sacramentos, murió con grande sosiego y edificación en esta casa y pueblo de Santa Magdalena el padre Eusebio Francisco Kino, de edad de setenta años. Mntro de Nuestra Señora de los Dolores, fundada por el mismo padre, el cual trabajó incansablemente en continuas peregrinaciones y reducción de toda esta Pimería. Descubrió la Casa Grande, ríos de Gila y Colorado, y las naciones cocomaricopas y sumas y los quicamaopa de la isla; y descansando en el Señor está enterrado en esta capilla de San Francisco Xavier, al lado del Evangelio, donde caen la segunda y tercera silla, en ataúd. Fue de nación alemán, de la provincia a que pertenece Bavaria. Habiendo sido antes de entrar en la Pimería misionero y cosmógrafo en la California, en tiempo del almirante don Isidro de Otondo. Agustín de Campos S.J.

Al leer este texto, de inmediato varias inexactitudes llaman nuestra atención. De ellas, las más notables son que la edad verdadera de Kino, quien fue bautizado el 10 de agosto de 1645, era al momento de su muerte 65 años cumplidos y no setenta como asentó Campos. Además, que Campos aún entonces y contra la opinión de Kino, pensaba que California era una isla. Finalmente, tendríamos la mención de que fue alemán, ya que el mismo Kino no estaba seguro de su nacionalidad o que el apellido del alimrante califórnico fue Atondo, no Otondo. (Debo agregar que la imagen del acta de fallecimiento del misionero que adorna este artículo fue editada. El original ocupa dos páginas, el final de una y el inicio de otra) 

No podemos deducir la enfermedad que le causó la muerte a Kino en caso que no haya sido simplemente la edad. Manje mismo nos orienta hacia una pista probable sobre las enfermedades que, crónicamente, enfermaban a Kino y que apuntan a malaria:  “En las fuertes fiebres que le daban, no provava nada en 6 días que más que levantarse a celebrar y acostarse; y, deviltanto y desmaiando la naturaleza las extinguía.”

Y en cuanto a su temperamento, también Manje nos lo explica:  

“sus conversaciones eran los melifuos nombres de Jesús y María y las combersiones de los gentiles, por quienes siempre pedía a Dios… Conozí era de natural colérico quando reprendía al que pecava públicamente; y, si despreciaban su persona, lo atemperava tanto que ya avía hecho ávito de realzar a quien con vilipendios, denuestos e ynproperios lo maltrataba de palabra, obra o por escrito, usando los superlativos de “reciví la gratísima, estimadíssima” y otros de obsequio y agradecimiento; y, si era en su cara, yva a abrazar al que los decía, diciendo: “es vuestra merced y a ser mi queridíssimo dueño, aunque no quiera” Y luego yva quizá a ofrecer los desprecios al Divino Señor y Dolorosa Madre a cuio templo entrava a rezar cada día cien vezes. Y después de cena, viéndonos ya acostados, se entrava en él, y, aunque me trasnochava leiendo, nunca le oí salir para coger el sueño que era bien parco.”

En 1712, un año después de la muerte de Kino, el Padre Campos desenterró los restos de los padres Ignacio de Yturmendi y Manuel González de Tubutama, donde habían sido inhumados al morir allí, y se los llevó a Magdalena, en donde los reinhumó  a los lados de los de Kino. Allí pueden ser vistos actualmente por el viajero, acompañando a los del misionero trentino.

domingo, 13 de noviembre de 2011

Kino escribe Favores Celestiales



El otro libro, aparte del de Manje que cubrimos en el artículo anterior, que también nos hace la crónica de las expediciones en la Pimería Alta de Eusebio Francisco Kino, fue escrito por el misionero y lleva, completo, el larguísimo título, como era costumbre entonces, de:“Favores Celestiales de Jesús y de María Santísima y del gloriosísimo apóstol de las Indias, San Francisco Xavier, experimentados en las nuevas conquistas y nuevas conversiones del nuevo reino de la Nueva Navarra de esta América septentrional incógnita y paso por tierra a la California, en treinta y cinco grados de altura, con su nuevo mapa cosmográfico de estas nuevas y dilatadas tierras, que, hasta ahora habían sido incógnitas, dedicados a la Real Majestad de Felipo V, muy católico rey y gran monarca de las Españas y de las Indias,” aunque actualmente lo conocemos simplemente como “Favores Celestiales.” 

Felipe V de España
En su dedicatoria al Rey Felipe V, primer rey Borbón de España y sucesor de su último rey Habsburgo, Kino le propone que a toda esta región se le llame la Nueva Filipinas en su honor, haciendo derivar este nombre del de Felipe; ésto en segundo caso, ya que “si no es que vuestra real Majestad más guste … que estas nuevas conquistas … se decoren con el nuevo título de la Nueva Navarra … pues este nuevo reino de la Nueva Navarra americana podrá reunir otros más nuevos reinos cercanos que se están conquistando con los reinos ya conquistados, según y como el reino de la Navarra europea intermedia y une las coronas y reinos de Francia y España.“

Es decir, y empleando nuestro vocabulario moderno, le planteaba al rey que la Pimería Alta podía llamarse Nueva Navarra en recuerdo de Navarra, situada entre España y Francia, ya que Navarra había sido el origen de las nuevas  dinastías borbónicas, tanto francesa como española. En primer lugar, porque en Pau, Navarra,  había nacido Enrique IV de Francia,  primer rey Borbón de Francia; y en segundo, ahora también España se incorporaba a la dinastía borbónica con el ascenso de un tataranieto de Enrique IV al trono español, Felipe V.

Enrique IV de Francia
Pero además, esta referencia de Kino era halagueña en otro sentido a los oídos del primer rey borbón español, ya que también le hacía recordar los esfuerzos globalizantes de su tatarabuelo Enrique III de Navarra y IV de Francia, debido a que al igual que Enrique IV  había impulsado el comercio francés con el Lejano Oriente, ahora Felipe V de España podía convertir a la Pimería Alta en puente comercial entre Europa y Asia.  

Kino escribiría otras obras más, unas conocidas nuestras y otras más que se han perdido y tal vez se encuentren traspapeladas en algún archivo. Entre las primeras está su crónica de la vida del Padre Saeta, mártir de Caborca, que conocemos como “Inocente, Apostólica y Gloriosa Muerte;” así como el otro texto, el único que fuera impreso en vida del misionero y que causara el enojo de Don Carlos de Sigüenza, y que conocemos como “Exposición Astronómica de el cometa…”  Pero hubo otros manuscritos más de nuestro misionero que hoy han desaparecido, aunque Kino los señala. Entre éstos se encuentra el que menciona en una carta escrita en febrero de 1702: “El tratado de la California Baja, intitulado Novae Carolinae, porque con los tan católicos gastos de Don Carlos II se emprendió esa conquista, ya está escrito.” Además, en la dedicatoria de Favores Celestiales escribió lo siguiente: “Otro pequeño tratado intitulado “Manifiesto Cosmográfico de que la California no es isla sino península, y continuamente con esta Nueva España, acabándose el seno califórnico en 35 de altura,” lo acabo de escribir, y, con su mapa, lo remito a México al Padre Provincial Juan de Estrada, que su reverencia me lo pide.” De este otro texto tampoco se conoce su paradero.

Tanto en el título de Favores Celestiales como en las diversas menciones que hace en su texto de la unión entre Sonora y Baja California, originalmente Kino había escrito que su latitud se encontraba en los 32 grados, lo que se acerca a la realidad, ya que fallaba apenas en unos 40 Km. Sin embargo, algún suceso desconocido de nosotros ocurrió durante los últimos años de la vida del misionero, hecho que le llevó a cambiar esa latitud, tachándola en todas las ocurrencias del manuscrito y la reemplazó por 35 grados; es decir, un error de aproximadamente 360 Kilómetros.

Favores Celestiales es un libro que carece de cohesión histórica, porque fue escrito con la meta de publicitar lo logrado en las misiones y para conseguir más misioneros. Consta de cinco partes, la primera escrita a fines de 1699, comprende hasta ese año; la segunda cubre hasta los sucesos de 1702 y la tercera hasta 1704. La cuarta parte cubre hasta finales de 1706, aunque fue dedicada en 1708; y finalmente, la quinta parte fue dedicada en 1710, o sea un año antes de la muerte del misionero, y aunque originalmente no se planeaba su inclusión en Favores Celestiales, finalmente sí lo fue, mientras que el libro no conocería la imprenta sino hasta el siglo XX, primero cuando Herbert Eugene Bolton lo publicó en Inglés en 1919, y después en Español con la edición de 1923, que fuera iniciada en 1913 por Francisco Fernández del Castillo.

Esta es la herencia textual de Eusebio Francisco Kino, es la crónica de sus logros y de sus afanes, es la manifestación de los procesos mentales de aquel misionero que, formado académicamente en Europa, había sido destinado a nuestra región para incorporarla al catolicismo así como a la fórmula de existir de este ser humano mestizo, moderno, fronterizo.

domingo, 6 de noviembre de 2011

Manje en la cárcel


Leímos en el artículo anterior de esta serie cómo Juan Matheo Manje escribió, al final de 1706, su libro “Luz de Tierra Incógnita…” y cómo al final del mismo incluyó un capítulo que tituló “Conclusión de esta obra y nota del estado presente, espiritual y temporal, que tienen estas naciones de la provincia de Sonora…” en el que agregaba una serie de apreciaciones que atacaban la propiedad de las mejores tierras existentes para las misiones, así como otras acusaciones contra los Jesuitas, diciendo que éstos no atendían a las necesidades espirituales de los no indígenas.

Esta serie de expresiones de Manje llevaron a que los Jesuitas amenazaran con abandonar la labor misional si no se ponía remedio a esos graves cargos. En respuesta, el Gobernador de Nueva Vizcaya, Juan Fernández de Córdoba, ordenó que Manje fuera arrestado y conducido, en grilletes, a Parral para ser juzgado, así como que se le embargaran sus bienes. Estando ya a recaudo Manje en Parral a principios de 1708, los Jesuitas se retractaron y en varias cartas le pidieron al Gobernador que Manje fuera liberado. Estas cartas llevaron de nuevo a que el Gobernador ordenara que Manje fuera puesto en libertad “sin preguntar la causa de su prisión” lo que, obviamente, no fue del agrado de Manje, quien sufrió la vergüenza de haber sido llevado preso desde Sonora, y ver cómo ahora era liberado sin ninguna explicación.

Así fue cómo la ocasión para que ocurriera un segundo enfrentamiento no tardó en presentarse. El 27 de abril de 1708 Manje se encontraba aún en Parral, aunque libre, y ese día habló con el Gobernador sobre el problema que le había llevado a ser apresado.  Furioso, en su conversación agregó que “había tenido una carta de la provincia de Sonora en que le avisaban que luego que lo habían traído preso, dos religiosos de la Compañía de Jesús misioneros, habían juntado los indios de sus pueblos y predicándoles que ellos lo podían todo, pues hacían sacar los españoles de aquella manera.” Al escuchar ésto, el Gobernador le preguntó si podía probar lo que decía, que era una grave acusación contra la orden Jesuita, a lo que Manje respondió que sí. Entonces el Gobernador le pidió que le mostrara la carta a lo que Manje se negó. Frente a esta situación, el Gobernador Fernández le ordenó que mostrara la carta de que hablaba o lo metería nuevamente en la cárcel. “A lo que dicho Juan Matheo respondió que hiciera lo que quisiera, que le quitara la cabeza, que toda la provincia de Sonora se perdería por él.”

En seguida, Fernández ordenó que nuevamente Manje fuera encarcelado, y que “para que le sirva de castigo a su inobediencia, subsista preso en dicha cárcel hasta que a su Señoría  le parezca equivalente castigo a su culpa.” Y así fue enviado nuevamente Manje a prisión. No sabemos cuánto permanecería el militar aragonés detrás de las rejas, ya que no se conoce en dónde hayan quedado los expedientes de esta causa. Lo único que sabemos es que en la segunda versión de su libro “Luz de Tierra Incógnita…” escrito años después, en 1720, Manje agregó en su prefacio una pequeña explicación sobre lo sucedido en 1708: “Y a la final puse un manifiesto del estado temporal y espiritual de las misiones, y milicia y minas de esta [provincia] de Sonora, en donde ha treinta años que resido, cuya genuina relación fue la piedra de escándalo para articular contra mí subrepticios informes, llevados de una fácil y vana credulidad vulgata; y habiéndose visto y expurgado por varones doctos, sabios y píos, prudentes y curcunspectos, aprobaron la obra de mis aserciones en el crisol del eximio examen, defendiéndola y volviendo por mi inocencia.”

Sin embargo, en esa segunda edición, Manje no incluyó la  “Conclusión…” que había escrito en 1706, la que fue reemplazada por una descripción de Sonora, escrita por el Jesuita Luis Velarde, quien sustituyó a Kino en Dolores después de la muerte del misionero. Además, Manje agregó un párrafo explicatorio sobre las causas que le llevaron a eliminar su “Conclusión…” de esta segunda edición: “porque se reformó parte de lo que pedía forzoso como preciso remedio; omitiendo ésto pasaré a producir sucintamente lo que faltaba de remediar.” Es decir, de estos textos deducimos que Manje y los Jesuitas llegaron a un acuerdo que muy probablemente fue verbal: mientras los Jesuitas retiraron sus cargos contra el militar, éste a su vez omitió su “Conclusión…” de la segunda edición de su obra. Conocemos el texto de ésta porque en la Biblioteca Real de Madrid existe una copia de “Luz de Tierra Incógnita…” con la “Conclusión” de 1706 incluida.

domingo, 30 de octubre de 2011

La "Luz de Tierra Incógnita..."

El para entonces General Juan Matheo Manje concluyó un libro ese año de 1706, firmándolo el 3 de diciembre, poco después del regreso de Kino de su última expedición a la costa sonorense. Le llamó “Luz de Tierra Incógnita entre las gentes más bárbaras…” Este constituye el texto fundamental con que contamos de la visión laica del desarrollo de la Pimería. En él, Manje presenta su perspectiva del mundo así como las crónicas de sus viajes exploratorios con Eusebio Francisco Kino; pero lo principal fue que como conclusión incluyó en él su proyecto del futuro de la Pimería Alta. Hasta allí, todo bien.

El problema surgió de los conceptos vertidos en esa conclusión. Si bien, Manje reconoció los logros obtenidos por los misioneros Jesuitas, también asentó que se apoderaban de las mejores tierras de siembra, dejándole a los españoles las peores. La solución, opinaba Manje, la daba el cambio en cantidad de población de las más antiguas misiones, las que habían comenzado con unos mil indígenas que para entonces se habían reducido a unos cien. Así, se podrían aparcelar esos terrenos y redistribuirlos entre los españoles, que habían defendido la provincia de los asaltos indígenas con todo lo que tenían. Además, se les deberían de conceder “muchos privilegios y franquicias, como las tienen los pobladores de Nuevo México.”

Por otro lado, también se quejó de que en todo Sonora había únicamente “tres curatos, con tres sacerdotes clérigos,” éstos eran Nacozari, San Juan y Horcasitas, cuyos curas debían atender a los españoles, criollos y mestizos de toda la región, tarea imposible por la enorme extensión del territorio sonorense. Como resultado, en algunas regiones los españoles “se pasan un año y más que no ven a su cura, careciendo de todo consuelo y pasto espiritual,” y agregó que antiguamente los misioneros atendían también a los españoles, aunque en el estado presente “se han inhibido los padres jesuitas de administrar los sacramentos a los vecinos españoles y aún a los indios sirvientes de estos…” La razón, continuó Manje, fue que “un cura, imprudentemente, hizo un informe contra su punto y crédito al ilustrísimo señor Obispo de este reino que fue el motivo para que su prelado o visitador les prohibiese” atender a los que no fuesen indígenas.

Y aquí agregó una frase demoledora: “Y para más corroborar ésto, pondré, incidentalmente, este párrafo de carta del padre Eusebio Francisco Kino, jesuita, que expresa lo siguiente: Siento no poder ir a administrar esos señores a Bacanuchi, por haber informado un cura al señor obispo contra nosotros, que ha motivado a los superiores que el padre rector, ahora nuevamente, nos haya mandado que no nos metamos en cosas de los señores curas.” Y agregó un lamento personal: “¡Oh, desdicha de estos tiempos! ¡Que por este ídolo de punto y crédito se haya de atropellar contra la honra de Dios y salvación de sus almas, redimidas con el valor excesivo de la sangre del Cordero!”

Pero no concluyó aquí la situación, también envió su reporte al Obispo de Durango y a la Audiencia de Guadalajara, agregándole las firmas de los ciudadanos de Bacanuche, lo que equivalía a una queja pública. Al conocerlo Francisco Píccolo, Visitador Jesuita de Sonora, se enfureció y le envió una queja al Gobernador de Nueva Vizcaya, Juan Fernández de Córdova, advirtiéndole que “de no haber remedio para tanto escándalo, mande salir de la dicha provincia a todos los misioneros.” En respuesta, el Gobernador ordenó el arresto de Manje, quien debería ser conducido a Parral “a buen recaudo y con un par de grillos,” que se confiscaran sus bienes y se averiguaran las acusaciones que había hecho, y el método seguido para conseguir las firmas que aparecían en el documento. La orden fue cumplida, según describiría después Manje, sin darle tiempo de “buscar unas cabalgaduras de mi andar,” sino que se le dio “una mula ajena”, ni tampoco pudo llevar ropa ni equipo para el viaje. Tras un mes de viaje, el día último de febrero llegó a Parral, en donde fue encarcelado. Mientras, en Bacanuche se realizó la investigación sobre el texto, y la conclusión fue que no faltaba a la verdad.

Poco después llegaba a Parral una serie de misivas de distintas autoridades jesuitas que, según el Gobernador Fernández de Córdova, “le piden que suspenda el éxito de esta causa sin hacerle a dicho reo culpa y cargo por los inconvenientes que … pueden resultar a la publicación del juicio.” De esta manera se le comunicó verbalmente a Manje su liberación, ordenándosele “que vuelto a su casa sea sin preguntar la causa de su prisión.” Pero éste no fue el final del affaire, aunque el espacio se agota por lo que continuaremos en el próximo…

domingo, 23 de octubre de 2011

El mito de California y la Pimería Alta

En la exploración de nuestra región desde los siglos XV al XVIII se conjugaron mitos y verdades, alimentando con una rica mezcla la imaginación de los exploradores. Por ejemplo, aún el nombre de California estuvo envuelto en la imaginacion. Este nombre se alimentó con la creencia de que era una región habitada por amazonas dirigidas por Calafia, su reina, y que se trataba de “la isla más grande que se haya descubierto, separada de Nuevo México por el Mar Mediterráneo de California,” y que  América podría estar comunicada con Asia más hacia el norte a través de un puente, o bien que habría un estrecho navegable para llegar a Asia al que hasta nombre se le dio: de Anián, en honor a la opinión de Fray Antonio de la Ascención, quien creyó que el reino de Anián se encontraba entre los reinos de Quivira y la California.

Fueron nombres míticos, fueron lugares imaginarios que provocaron expediciones como las de Marcos de Niza o de Vázquez de Coronado, quienes buscaron los fabulosos reinos de Cíbola y Quivira que, como es sabido y lógico, nunca existieron.

Según vimos en el artículo anterior, a fines de 1706 Kino organizó la que, hoy sabemos, fue su última expedición a la costa, en la que le acompañaba Fray Manuel Oyuela. Este describió en su informe porqué se creía entonces que California era isla y no península, cómo fue que Kino sostuvo su peninsularidad y cómo llegó él a verla como península desde las alturas del Pinacate: “no es isla la California sino sólo península, como días ha y con mucha razón dice y escribe  el padre Eusebio Francisco Kino que nos trajo a ser testigos de esta verdad. Con lo dicho he visto que el hereje Drake es autor de la mentira con que quiere subir este mar de California hasta la mar del Norte, queriendo desmentir a los antiguos españoles que pusieron a la California tierra firme con esta, como realmente lo es.” Y concluía con un lamento en el que afloraba su frustración: “por este hereje hemos trabajado tantos, tanto.”

Sir Francis Drake
Oyuela se quejaba de que el conocimiento logrado desde el inicio de la conquista de Nueva España, de que se trataba de una península, había sido desechado por la versión de Drake. Es decir, aunque en 1541 Hernando de Alarcón, que obedecía las órdenes de Cortés había realizado un viaje exploratorio por barco del mar califórnico y descubierto su  peninsularidad, sin embargo, al igual a como sucede en tantas ocasiones en nuestros países, se le creyó más a un extranjero, a Sir Francis Drake que a él. 

Drake fue un pirata inglés que había realizado un viaje por la costa del Pacífico de Nueva España, asaltando y robando los pueblos españoles por donde pasaba. Navegó siguiendo de Sur a Norte la costa del Pacífico Americano en 1579 y llegó hasta cerca del actual San Francisco aunque sin encontrar el famoso paso al Oriente.

Isabel I
Y cuando regresó a Inglaterra, la Reina Isabel le premió otorgándole el título de caballero, aunque declaró que lo descubierto en su viaje era secreto de Estado y ordenó que se guardara silencio sobre el asunto, además de insertar mentiras en su crónica. Pasó el tiempo, y basándose en lo descrito en su viaje, que no mencionaba la existencia de alguna península en nuestra región, los súbditos españoles que se encontraron con California en el mismo lugar, pensaron que tal vez no fuese península porque habría bloqueado la exploración de Drake, sino una isla en realidad, y que tal vez formaría un estrecho con tierra firme, el legendario de Anián, que más al Norte se abría nuevamente y permitía la comunicación con Asia. El mismo Kino siguió esta hipótesis, mostrando California como una isla en sus mapas iniciales.



Pero continuó la búsqueda, y mentes como la de Kino encontraron otra dimensión, idearon otra vocación más para la región: la Pimería debería tener una ubicación estratégica dirigida hacia el comercio mundial. En otras palabras, podía servir como puente, terrestre o marítimo, hacia las riquezas comerciales del continente asiático.

Así, los intentos para determinar si esa larga lengua de tierra era isla o península desvelaron las atenciones de infinidad de exploradores, entre ellos las de nuestro misionero, Eusebio Francisco Kino, quien intentó probar, acertadamente por cierto, que California es una península, contra las opiniones de peninsulares, como Juan Matheo Manje, que siempre creyeron que se trataba de una isla. 

Sin embargo, lo que Kino no podía predecir era que, a pesar de que California sí es península, la realidad es que para llegar a ella es necesario atravesar el desierto de Sonora. Esta es una de las regiones más inhóspitas del planeta, una zona en donde las arenas desérticas, aparentemente interminables, se extienden hasta el horizonte ocasionando incontables muertes a través de los siglos. Eso imposibilitaba la comunicación y el comercio entre ambas. Es decir, al reto de determinar la peninsularidad califórnica se unió otro a vencer, uno que Eusebio Francisco Kino nunca mencionó, el de la extrema aridez de su medio natural, el de la escasez de agua que rige, aún hoy, el desarrollo de nuestra región.

martes, 6 de septiembre de 2011

Llegando al delta del río Colorado


Después del receso que pasó este blog, primero motivado por la conmemoración del nacimiento de Kino y después por asuntos internos del periódicos en donde publico este blog, reanudo ahora mi crónica:

Y así regresó Kino de su viaje de finales de 1701 cuando llegó al río Colorado, lo cruzó y entró a California. Volvía a Dolores con planes y proyectos a futuro.  A Roma le escribió al Superior Tirso González, anunciándole una empresa que aún hoy no ha logrado fructificar: “En breve, con el favor del cielo, pasaremos ganados por tierra y tendremos estancias en la misma California,” aunque los nombres, como siempre, son trascendentales, y Kino adoptó unos que resultaron ser pegajosos: “…somos de parecer que esta California, cercana al nuevo paso por tierra, y recién descubierta, se podrá llamar la California Alta, como la antecedente, adonde están los tres padres ya de asiento, se podrá llamar la California Baja.”

Aunque tampoco California era su meta final, ya que “ con el favor del cielo, como vuestra Reverencia y su Majestad Don Phelipe V (que Dios guarde), nos den operarios y misioneros, todo con el tiempo se ha de andar, hasta llegar, quizás, hasta la gran China y hasta cerca del Japón … y quizás, al norte de estas nuestras tierras, podremos hallar camino más breve para Europa; parte, por estas nuevas tierras y parte por la Mar del Norte…” Es decir, era, el suyo, un proyecto global: convertir a la Pimería Alta en puente entre Europa y Asia.

Para convencer a los aún incrédulos, organizó otra expedición más para, ahora sí, llegar hasta el delta del Colorado. Manje fue invitado aunque una rebelión indígena le impidió asistir, y el Padre Manuel González, contemporáneo de Kino, nacido en San Luis Potosí  y misionero en Oposura (Moctezuma), llegó a Dolores el día último de enero de 1702. Tal vez recordaran ambos misioneros en conversaciones nostálgicas nocturnales aquel lejano 1687, cuando Kino llegó a Sonora y fue precisamente González quien lo acompañó a Dolores a inaugurar su labor apostólica en la Pimería Alta. Tal vez hablaran del absurdo de la región que les esperaba: el desierto con sus arenales y ausencia de agua, y el cauce del Colorado con lo opuesto, arenales y abundancia del líquido vital.




El 5 de febrero partían en esta expedición al Oeste. La ruta fue la recién inaugurada por Kino: remontando sierras en vez de seguir ríos, dificultando el caminar para acortar distancias: Dolores, Remedios y de allí al poniente; pasaron por Cíbuta en donde había “más de mil reses y siete manadas de yeguas de las nuevas conversiones” y, poco más adelante, por Santa Bárbara, no la del río Santa Cruz sino otra hoy perdida aunque posiblemente ubicada en o cerca del actual Arizona al suroeste de Nogales, donde Kino inició otro rancho ganadero. Luego por Búsani y Sonoita y se adentraron al desierto hasta llegar al río Colorado en jornadas agotadoras.

Siguieron su ribera, aguas abajo, y conforme se aproximaban al delta, el camino se tornaba más difícil porque las lluvias recientes llenaban todo de fangales. El 7 de marzo “bajó al mismo desemboque y a la mar, rumbo del poniente, el Padre Rector Manuel González; y yo … bajé a la tarde…” aunque surgió otro problema. González enfermaba más conforme avanzaba y decidieron regresar a una ranchería indígena, San Casimiro. Pero la curiosidad fue demasiada y nuevamente se prepararon a intentar cruzar el río y llegar juntos a la desembocadura, y otra vez lo impidió la salud del Padre González. Finalmente, el día 11, llegaron a un lugar desde donde, al amanecer, “Y de más a más, veíamos patentísimamente más de treinta leguas (120 Km) de tierra continuada al sur y otras tantas al poniente y otras tantas al norte, sin la menor señal de mar alguna más que las que nos quedaba al oriente…”

Y después iniciaron el retorno. Un regreso que intentaba volver en línea recta a Dolores. Caminaron unas 18 leguas (cerca de 80 Km) por “penosísimos médanos de arena y con un continuado, vehemente y molestísimo aire” rumbo a un oasis mencionado por los indígenas, aunque no tuvieron suerte y “pasando una muy trabajosa noche, nos vimos obligados con muchas más penalidades a devolver el día siguiente 13 de marzo a San Casimiro.” Así que la única ruta que les quedaba era el camino tradicional por el que habían llegado, siguiendo el Gila. González empezó a alucinar y tuvo que ser llevado en camilla hasta Tubutama, en donde Kino lo dejó al cuidado del Padre Ignacio Iturmendi, aunque falleció días después. 

Hoy, los restos de ambos misioneros, González e Iturmendi, acompañan a los de Kino en la cripta de Magdalena. Tal vez algún viajero curioso se preguntará de quién son esos otros huesos. La respuesta, contundente aunque sencilla a la vez es que ese trío de, hoy esqueletos, formó la ideología de nuestra región.

domingo, 21 de agosto de 2011

Kino pasa por Nogales hacia el Colorado

Después del viaje que realizaron Eusebio Francisco Kino, Juan María Salvatierra y Juan Matheo Manje en la primavera de 1701 buscando probar la peninsularidad californiana, todos acordaron que nuevamente realizarían otro más, a finales de ese año, para reafirmar lo descubierto. Sin embargo, varios sucesos vinieron a frustrar esos deseos. A última hora Salvatierra no pudo acudir, y en Sonora hubo un cambio de gobierno militar: el Gral. Domingo Jironza Petriz de Cruzat, tío de Manje, fue reemplazado por Jacinto de Fuensaldaña, quien tenía otras prioridades y no aportó la escolta militar que Jironza había prometido.

Ruta del viaje (Puedes hacer click en la imagen para verla más grande)
Así fue cómo, al terminar el calor veraniego habitual, el 3 de noviembre de ese 1701 partía Kino en otra expedición más en la que lo acompañaba un español además de numerosos indígenas. La ruta que siguió en esta ocasión fue diferente a las anteriores: pasó por Remedios y entró a la cuenca del Río Santa Cruz; pasó por San Lázaro y llegó hasta Guevavi, donde actualmente se encuentra la planta de tratamiento de aguas residuales cerca de Río Rico, Arizona. Allí cambió su ruta: dirigió en seguida sus pasos rumbo al sur y, siguiendo el Arroyo que hoy se llama Los Nogales en honor a los árboles que alguna vez crecieron en su cauce, pasó bajo el acantilado que actualmente, además de marcar en la cañada una línea fronteriza que entonces no existía, sirve también de eterno monumento a la historia geológica de nuestro municipio.

Obviamente, en aquel entonces no existía nuestra ciudad, aunque alguno de los lugares mencionados en los libros de registros misionales de la región indudablemente estuvo ubicado dentro de nuestra población; entre ellos cabría mencionar a Cuchutaqui, Sicurisutá, Tchoamuqui o Vaicat, además de otros más.

De cualquier manera, Kino no dejó una sola palabra de su paso por el Arroyo donde hoy se asienta esta ciudad. La siguiente mención del misionero es su arribo a Síboda, actual Cíbuta, corrupción hispana del locativo pima “Síboidac,” en la que encontramos la raíz pima “oidac” o milpa, donde había establecido un rancho ganadero. Después de descansar a la sombra de la sierra del mismo nombre, continuó su camino, remontándola, para después hacer lo mismo con la siguiente, paralela a ésta, la Sierra de Guacomea, hasta que llegó al Búsani (“booshan” o valle) y de allí en adelante se adentró al desierto de Sonora hasta que llegó al siguiente oasis, Sonoita (“shon” debajo de y “oidac” milpa), el 12 de noviembre.

De Sonoita, atravesando la región más inhóspita del desierto de Sonora, se dirigió hacia el Noroeste hasta llegar al río Gila, y luego siguió por su cauce río abajo hasta su confluencia con el río Colorado. Pero dejemos que el misionero nos describa este tramo de su viaje:  “…y habiendo pasado a caballo el único paso que el Río Grande [el Gila] tenía en aquellos contornos, con la comitiva de más de doscientos yumas y pimas … al anochecer llegamos con bien a San Dionisio…” Era la confluencia de los ríos Gila y Colorado, aunque su meta no era esa, así que cruzó nuevamente el Gila y siguió por la margen oriente del Colorado rumbo al Sur, por un: “…camino que hasta ahora nunca habíamos andado o entrado…”

Su diario de este tramo del viaje nos refleja la alegría que debió de sentir, ya que en uno de los escasos párrafos en que deja aflorar el sentimiento, nos describe un entretenimiento que aún hoy es tradicional en Sonora: “Con lo cual ensilló un caballo un vaquero de Nuestra Señora de los Dolores, y salieron siete u ocho de los más ligeros corredores quíquimas, y aunque el dicho vaquero al principio, de propósito, los dejó ganar alguna delantera y se holgaban ya mucho de ella, luego, después, los dejó muy atrás y muy espantados.”


 Pero la aventura no terminaría allí. Un día después decidió cruzar el río Colorado y nos habla de una corita (canasta) del tamaño de las que tejen hoy los indios Seri: “Y porque no me mojara los pies, admití la corita grande en que me querían pasar, y poniéndola y fijándola sobre la balsa, me senté en ella y pasé en ella muy descansadamente y muy gustoso, sin el menor riesgo,” aunque es probable que no haya dormido esa noche, ya que lo recibieron en la banda opuesta del Colorado con “bailes y fiestas a su modo de ellos.”

Un día después se adentró a California, encontrando “pequeñas pero muy continuadas rancherías [y] una campiña de muy fertilísimas tierras, de hermosísimas milpas … con muchos maíces, frijolares y calabazales…” y hasta allí decidió llegar en esa ocasión, ya que el elusivo delta del río Colorado se encontraba aún más al Sur y él debía regresar a Dolores.

domingo, 14 de agosto de 2011

El aniversario del bautismo de Kino

En esta ocasión interrumpo la crónica que he venido realizando sobre Eusebio Francisco Kino. La razón, esta semana se conmemoró, en Magdalena, el 366 aniversario de su bautismo. En la próxima semana reanudaré esta crónica:

Esta semana se realizó, en Magdalena, otra conmemoración más del bautismo del misionero Francisco Eusebio Kino, en este año en que recordamos el tricentenario de su fallecimiento. El día 8 de agosto habló el Dr. Gabriel Gómez Padilla acerca de la dimensión espiritual de Kino; el 9 lo hice yo sobre el sueño que motivó sus viajes exploratorios y el 10 cerró el Lic. Rómulo Félix Gastélum haciendo un recuento general de la vida del misionero.

De las demás charlas me quedan muchos recuerdos; entre otros, la mención que hizo alguien acerca de la enorme proliferación en todo el noroeste mexicano de todo tipo de negocios, calles, sitios y lo que uno guste con el nombre de Kino, indicativo del ícono social en que se ha convertido el nombre del misionero. Pero no quiero extenderme sobre la respuesta a las demás conferencias sino hablar del acogimiento a la mía.

El salón Presidentes, de Magdalena, al igual que con las demás charlas, estaba lleno con autoridades locales, ex alcaldes y magdalenenses que, se percibe, se encuentran pendientes de todo lo que tenga que ver con su población. Lo noté de inmediato cuando se vino la respuesta a mi presentación; cuando una interminable sucesión de preguntas se lanzó, como avalancha, sobre quien ésto escribe. Discrepancias, opiniones, preguntas llanas; un gran concierto de expresiones, de dudas me hicieron ver que los magdalenenses se preocupan por el significado ideológico, por la trascendencia simbólica que tiene su población para el Norte de nuestro país. Alguien llegó a afirmar, tal vez yo mismo fui, que si el centro del país cuenta con la Guadalupana, Magdalena se ha convertido en la capital espiritual de todo el occidente de nuestro país y suroeste estadounidense, como la veneración a San Francisco, a Kino y las peregrinaciones de octubre lo prueban.

Un día después, precisamente el día diez cuando se conmemora el bautismo de Kino, siguiendo a una pequeña lluvia que abrillantó el verdor de la vegetación, a las nueve de la mañana hombres vestidos de levy y con pantalones “de vestir,” amas de casa con sus mejores ropas, un numeroso grupo de estudiantes, funcionarios y demás invitados nos reuníamos a un lado de la cripta que guarda los restos de Kino, preparándonos para depositar allí una cápsula del tiempo. Era ahora el turno de hoy para dejarle un recuerdo al mañana; pero a diferencia de las cápsulas que me ha tocado ver, ésta fue una muestra de que en Magdalena están conscientes de que la historia no únicamente ve hacia el pasado sino hacia el porvenir también en lo tecnológico.

El momento de colocación de la cápsula. A la izquierda aparece el mausoleo donde se encuentran los restos de Kino, y a la derecha el templo de Magdalena con la efigie de San Francisco, objetos, ambos, de adoración en Sonora.

En la cápsula fue depositada una computadora con información sobre el Magdalena actual: documentos digitales, imágenes, etc, así como un impreso con instrucciones sobre cómo activarla y acceder a esa información cuando le toque ser abierta. La acompañaba un paquete de discos compactos con más información oficial, sin dejar de lado la enorme cantidad de datos personales que aportaron los magdalenenses en los que, me tocó verlo, el numeroso grupo de estudiantes presentes, posiblemente al ver que en la cápsula se habla su lenguaje, el digital, también participaron con entusiasmo. Yo, en lo personal, deposité también un DVD con una versión digital de mi ponencia de la noche anterior.



Vino después la ponencia del Lic. Félix, y después de escucharlo, a él y a mí nos invitaron a charlar con el alcalde de esa hermana población. En su oficina, durante más de una hora nos habló de hacia dónde se encamina Magdalena, de sus planes para promoverla en lo económico, de su intención de convertirla en un centro regional, del potencial turístico que tiene; pero sobre todo, de la participación social que le ha intentado imprimir a su gobierno; yo le respondí agradeciéndole ser una prueba palpable de ello al haber sido invitado a trabajar con ellos, con nombramiento oficial como miembro del Comité Conmemorativo del Tricentenario de la muerte de Kino, y eso que no soy magdalenense.

Por su parte, el alcalde se encontraba ya tan motivado en comunicarnos las bondades de su municipio, que para reforzar su argumento acudió a su computadora personal y nos mostró varios videos que se encuentran en Internet, en Youtube, todos con el mismo tema, todos siendo una prueba palpable del creciente interés por Magdalena: Brandon Flowers que, debo agregar, no es católico, solista del grupo The Killers, uno de los principales grupos musicales del mundo, ganador de innumerables premios y para quien Elton John ha llegado a componer varias piezas musicales, cantaba sobre la peregrinación otoñal a Magdalena: “…De Nogales a Magdalena hay 60 millas de camino sagrado … ampollas en mis pies y un rosario de madera…”




domingo, 7 de agosto de 2011

California es Península

Y así fue cómo esa primavera de 1701, después de fallar en su intento de llegar al delta del Río Colorado siguiendo la ruta que rodeaba por el Sur el volcán de Santa Clara (actual Pinacate), Eusebio Francisco Kino, Juan María Salvatierra y Juan Matheo Manje volvieron  sobre sus pasos hasta regresar cerca de Sonoita. Ya allí, acordaron los misioneros con Manje intentar rodear ahora por el norte el volcán, anticipándose a la ruta que sigue actualmente la carretera de Sonoita a San Luis río Colorado, para ver si lograban descubrir el delta del río Colorado.

Rodeando por el Norte al Pinacate (Santa Clara)
El día último de marzo partían en esta nueva aventura. Los acompañaban seis pimas como guías, seis cargas de alimentos, dieciocho mulas y tres caballos; y después de recorrer unos 50 Km, al aproximarse la puesta del sol, decidieron subir a un agreste cerro, desde cuya cima, según nos cuenta Salvatierra: “Púsose el sol, y se divisó desde el cerro, con toda claridad, toda la mar abajo al sur, y puesto de la mar adonde habíamos bajado [o sea cuando rodearon por el sur el Pinacate y llegaron hasta la bahía del actual Puerto Peñasco, cerca de la isleta de San Jorge]. Vimos que el medio arco de sierras, cuyo remate nos tapaba la dicha faja de cerros de la Nueva España, se venía cerrando y trabando continuamente con otros cerros y lomas de la Nueva España.” 

Sin embargo, ese panorama fue interpretado en forma distinta por Manje, quien agregó  que “la serranía opuesta del mar de California proseguía hazia el nordeste, en forma de media luna; y la tierra y costa de esta Nueva España, por estas naciones, declinaba al oes-norueste. Por donde, confirmamos algo más: que llegan a juntarse ambas tierras; y no bimos proseguir adelante el mar [es decir no alcanzaron a divisar que el mar se extendiera más hacia el norte]; si no es que se llega tanto a angostar, que, de lo lejos, no lo podimos apercervir, por su angostura.” En otras palabras, Manje interpretaba el panorama  que se ofrecía a sus ojos y pensaba que cabía la posibilidad de que únicamente existiera un estrecho en el mar y que nuevamente se abriera éste más al norte, dejando a California como isla.

Y agregaba una nota explicatoria sobre su discrepancia con los misioneros: “En esto, aunque sea molesto, quiero ser genuino, por no deslisarme en ápice del alma de la verdad, que es el nervio fundamental de cualquier ystoria.”

Un día después planeaban continuar su camino hacia la costa, aunque los guías les dijeron que no había agua en las próximos 100 Km, por lo que “Y visto el sin remedio, tratamos con los naturales que, después de aguas, proseguiríamos el descubrimiento, ofreciendo éstos acompañarnos con mucho gusto; y, para conducir ganados, requiere escoger tiempo oportuno de aguas y no en tiempo de tanta sequedad” Es decir, los habían vencido los eternos problemas de esa región del desierto de Sonora: por un lado la escasez de agua y, por el otro, el creciente calor de esos días que, yo que he andado en esa región durante esa temporada  puedo constatar que ya entonces empieza a hacerse insoportable el calor acompañado de los reflejos solares en la roca negra , mientras que los arenales se extienden aparentemente hasta el infinito. No en vano esa ruta ha sido llamada "El camino del Diablo" y ha costado tantas vidas desde tiempos inmemoriables.

De cualquier manera, los misioneros Jesuitas se dispusieron a difundir la noticia de que finalmente se había descubierto que California era una península. Kino dibujó un mapa que lo haría famoso en Europa, al que tituló: “Paso por Tierra a la California y sus confinantes nuevas naciones y nuevas misiones de la Compañía de Jesús en la América Septentrional, 1701.” La mayor discrepancia que mostraba este nuevo mapa en relación con su anterior, de 1696, en donde aparecía California como isla, era que ahora mostraba a California unido a Sonora, quedando separados únicamente por el río Colorado y su delta. Además, también aparecían uniéndose el rio Gila y el Colorado antes de su desembocadura al mar, según le constaba al misionero, ya que había llegado hasta esa confluencia seis meses antes.

Haz click en el mapa para verlo más grande

Del lado de California, el misionero mostró la “sierra nevada” situada al sur de la “sierra azul.” Se trataba  indudablemente del actualmente conocido como Picacho del Diablo que, con sus más de 3,000 metros de altura, constituye el punto más alto de la Baja California. Eran nombres que indudablemente les había dado nuestro misionero al divisarlos desde la distancia, esa primavera de 1701.

domingo, 24 de julio de 2011

Kino llega al río Colorado


El 24 de septiembre de 1700, Kino partía nuevamente con la intención de descubrir la peninsularidad de California. No contamos con otro diario de esta expedición que el suyo, donde el misionero escribe que lo acompañaban diez sirvientes indígenas y sesenta bestias. En la primera parte del viaje siguió el camino ya conocido de Dolores y Remedios, aunque llegando al cauce del Arroyo Comaquito cambió su ruta: en vez de seguir a la derecha, cauce arriba a Cocóspera y San Lázaro, torció a la izquierda y, yendo por el río que va a desembocar a Imuris, dirigió sus pasos rumbo a San Ignacio, remontó ese arroyo y poco más adelante menciona por primera vez a Síboda (actual Cíbuta), donde tenía una estancia ganadera con un millar de cabezas de ganado y cuatro manadas de yeguas. Pero su meta era ir al oeste, y frente a él estaban los obstáculos de las sierras de Cíbuta y Guacomea que alcanzan los mil metros sobre el nivel del terreno.

Para remontarlas, probablemente continuó cerca de la ruta de la carretera de terracería que hoy une a Nogales con La Arizona y Sáric, ya que el próximo lugar que menciona es Búsanic. Desde allí, siguiendo por el río Altar hacia el Norte, llegó hasta Tucubavia y luego casi en recta a través del desierto con rumbo al noroeste, pasó por rancherías cuyo nombre se pierde en la bruma de los tiempos donde bautizó a los nativos que se le acercaban. Su meta era llegar hasta la sierra que hoy conocemos como de Gila Bend, precisamente hasta donde había llegado en su expedición de 1699.

Finalmente arribó a ese lugar y, acudiendo a su texto, leemos: “aquí corre el río como ocho leguas al norte y después sale otra vez al poniente. En el camino nos dieron mucho pescado, así crudo como tatemado, que aunque tenían sus milpas de maíz y frijol y calabaza y sandías, todavía el frijol y el maíz no estaban maduros. Dormimos en un buen paraje, de muy buenos pastos, que le pusimos de Las Sandías, pues las había en un pingüe arenal, al pie de un cerro que desde su cumbre se divisa muy patentemente la California, y hoy era día de San Bruno, patrón de la California.” Era el aniversario de su llegada a San Bruno, diecisiete años antes, y el lugar se encontraba un poco al oeste de Dome, Arizona actual.

Pero dejemos que el misionero nos narre: “…a las cuatro leguas de camino, paramos junto a una ranchería, que estaba de la otra banda del río”. Eran las cercanías de la actual población de Yuma, en Arizona. “Y mientras despaché unos amigables recaudos a las demás rancherías de los alrededores con el gobernador y con el alcalde y con mi mayordomo de Nuestra Señora de los Dolores, con las cuatro mejores cabalgaduras mulares que llevábamos, subí a un cerro del poniente, y a donde entendimos ver la Mar de la California, y mirando y divisando hacia el sur y hacia el poniente y sudoeste con anteojo y sin anteojo de larga vista más de treinta leguas de tierras llanas [más de 120 kilómetros], sin mar alguna, y la junta del Río Colorado con este Río Grande (o Río de Gila, o Río de los Apóstoles), sus muchas arboledas y campiñas.” 

Era la confluencia de los ríos Gila y Colorado: “…y volviendo a nuestro paraje, comimos, añadiendo unos dulces por el consuelo que y gracias al Señor, habíamos dado vista a las tierras pertenecientes a la California sin que hubiera mar de por medio que apartase estas tierras de ella.” Es decir, dedujo correctamente que California debía extenderse al Oeste del río Colorado, y que el Delta de éste estaría más hacia el Sur. Había cumplido la meta de esa expedición y debía regresar, aunque iniciando su viaje  lo alcanzaron unos emisarios nativos que le pidieron visitarlos más al Norte. No podía negarse. Aprovechando un vado del río Gila, lo cruzó y “a las ocho leguas de muy buen camino, llegué a los primeros yumas del muy caudaloso Río Colorado … Este caudalosísimo, pobladísimo y fertilísimo río Colorado que sin falta es el mayor que tiene toda la Nueva España, es el que los antiguos cosmógrafos llamaron … el Río del Norte,” y dedujo que su posición estratégica permitiría  que, siguiéndolo, pudiese comunicar con los indios Moquis, “misiones pertenecientes al Nuevo México, y no habrá riesgo que por esta parte embaracen la entrada los apaches.” Sólo faltaba llegar al Delta y cruzar el río en otras expediciones posteriores, pero lo esperaba la corrida de ganado en la Pimería Alta, por lo que decidió regresar después de recorrer unos 1,500 kilómetros en cinco semanas; acababa de cumplir 55 años de edad.




lunes, 11 de julio de 2011

Otra expedición al Desierto de Sonora

Después del regreso de Kino de su viaje de febrero y marzo de 1699 al río Gila, cuando habían llegado hasta cerca de la confluencia con el Colorado, el nuevo Visitador de las misiones Jesuitas, Antonio Leal, le pidió a Kino que escribiera un libro acerca de su labor en la Pimería Alta. Así, nuestro misionero inició su clásica obra, Favores Celestiales, y para mostrarle los logros misionales, le propuso a Leal que lo acompañara en otra expedición, oferta que recibió éste de muy buena gana.

Juan Matheo Manje, un personaje casi desconocido de  nuestra historia, nos informa que hubo otras razones por las que se decidió hacer esta nueva entrada.  Haciendo gala de sus conocimientos “…en la catóptrica o especularía…”, nos describe cómo los enemigos de Kino habían iniciado otra campaña, tergiversando los logros y convirtiéndolos en una sucesión de fallas, en un espejismo, en algo parecido a lo que sucede con un proyector de transparencias que: “…mediante unas pequeñas vitelas de miniatura imperceptible a la vista, con una candela y vidrios graduados en una linterna, reflejando en grandes imágenes, adornan toda una sala de ricos cuadros de finísimos colores y pintura, sin ser más que las toscas paredes de la sala…” El espacio no me alcanza para describir extensamente la fuente de estos conocimientos del explorador aragonés, aunque puedo agregar que asociaría los proyectores de transparencias que había visto en su infancia en la lejana Huesca con lo quimérico de los embustes de los enemigos.

Así, se reunieron con Kino el Padre Leal, a quien acompañaba el Padre Francisco Gonzalvo, incorporándoseles también Manje y los soldados Antonio Ortiz y Diego Rodríguez, 60 cabalgaduras y el equipo necesario para la expedición, y partieron el 24 de octubre de Dolores. Intentaban llegar hasta la confluencia del Gila con el Colorado, que Manje había atisbado desde la expedición de marzo. Pasaron por Remedios, por Cocóspera y San Lázaro, donde “antiguamente, tubo en este puesto Juan Martín Bernal, español, una estancia de ganado vacuno y cavalladas de más de 6 mill cavesas…” para seguir ahora río arriba del Santa Cruz. Dejaron a un lado un poblado hoy desaparecido, Quiquibórica, donde hoy únicamente una gran cruz de cemento define el lugar, y llegaron a dormir a San Luis Bacoancos, actual Centauro de la Frontera. Continuando por el río, cruzaron un punto invisible que marca una frontera internacional que entonces no existía, y dejaron atrás a Guevavi , Tumacácori, y el día 29 llegaban a San Javier del Bac.



Estando allí, Manje describe un incidente que merece ser repetido: él, los soldados y el padre Leal subieron el cerrito ubicado a un lado de San Javier y encontraron en su cima: “…una trinchera de pared de piedra, con una plaza en medio, en cuyo centro estaba una piedra blanca, como pira o pilón de azúcar, de media vara en alto, y clavada en el suelo; y conjeturando si sería algún ídolo en que idolatraban los indios gentiles, forcejeando, arrancamos la piedra que estaba, una tercia, clavada; y quedó hecho un hoyo redondo sin que, aquel entonces, apercibiésemos ni conociésemos nada; hasta que bajando, luego, del cerro y, antes de llegar a la ranchería, se levantó tan grande y furioso aire y huracán que nos derribaba en el suelo, sin dejarnos andar por lo furibundo del ímpetu con que ventilaba. Los indios que, de ellos nadie había subido con nosotros, al furioso viento que se levantó, empezaron a gritar con alboroto diciendo “Uburiqui cupioca,” en que decían que la casa del aire les habíamos abierto…. Por la mañana, dijeron subieron a cerrar el hoyo los indios, y cesó totalmente el recio huracán, y quedó en día sereno y apacible…” Actualmente, el turista puede ascender el cerrito para encontrar una oquedad que ha sido convertida en capilla religiosa, y desde la cumbre atisbará el valle donde hoy se extiende la ciudad de Tucsón.

El cerrito del volcán en la actualidad, en San Xavier del Bac

Estando en San Javier, la situación se complicó. Dos indígenas enfermaron y la escolta de soldados que les habían prometido no llegó porque había ido a combatir apaches alzados. Así, decidieron que Leal y Gonzalvo regresaran llevando a los enfermos y pasaran por Tubutama, mientras que Kino y Manje realizarían un viaje de adoctrinamiento. Un recorrido a caballo de más de 500 kilómetros en un circuito por el desierto sonorense los llevó hasta Sonoita, a donde llegaron el día 10, de donde regresaron un día después, “…caminando un día y noche sin dormir, si no es que cuatro horas; a 60 leguas andadas,” o sea 240 kilómetros, alcanzaron a Leal en Búsanic, cerca de Tubutama el día 11. De allí todo era conocido: Magdalena, San Ignacio, Remedios y Dolores, a donde llegaron el 18 de noviembre.

domingo, 12 de junio de 2011

Primer ascenso al Pinacate

Y así, después de que se le cerrara a Kino el camino del río San Pedro para encontrar una comunicación por tierra a California, decidió encontrar otra ruta, aunque atravesara el desierto sonorense. En cuanto recibió la orden del Visitador Pólici para organizar una nueva expedición, Kino reunió lo necesario y el 22 de septiembre de 1898 partía de Dolores. Lo acompañaban, además del Capitán Diego Carrasco, que había suplido a Manje, el gobernador de Dolores, siete sirvientes y veinticinco cabalgaduras, aunque cinco días antes de partir envió cuarenta cabalgaduras de remuda a que lo esperaran en Bac y otras veinte adicionales a esperarlo en Caborca para el viaje de vuelta, lo que nos dice que programó de antemano pasar de regreso por allí.

Ruta de la expedicion de Octubre de 1898. Obviamente, la frontera no existía aún

Inició por la ruta habitual de San Lázaro, Tumacácori y Tucsón, siguiendo pendiente arriba por el río Santa Cruz. En San Lázaro ordenó que se construyera una iglesia y en Bacoancos (actual poblado El Centauro de la Frontera en el Municipio de Nogales) fue nombrado un nuevo gobernador indígena a quien se le hizo una fiesta. Al llegar a San Xavier del Bac cambiaron a la remuda que los esperaba y continuaron su expedición pasando a un lado de Casa Grande y por San Andrés (ya en inmediaciones del actual Phoenix), de donde en el viaje anterior se habían regresado. Intentaban seguir, pero Kino volvió a enfermar “por medio de un tan poderoso calenturón que a las cinco leguas de camino me obligó a parar debajo de unos álamos… y a la tarde con mucha dificultad hube de volver a San Andrés.” Era el mal que le había aquejado a mediados de ese año y nuevamente se manifestaba.

Esperó la recuperación, y el 2 de octubre reanudaron la marcha. Cambiando de rumbo, se alejaron del río Gila y adentraron hacia el sur, a la desértica llanura que cubre esa región. Pasaron por varias aldeas indígenas hasta que llegaron a Sonoita (en la actual frontera entre México y Estados Unidos), de donde continuaron por el río del mismo nombre, que entonces llevaba agua, y poco más adelante arribaron a Quitovaquita, lugar que Kino bautizó como San Sergio. 

Allí dejaron las monturas y, siguiendo a los guías indígenas de Sonoita, atravesaron el tramo más inhóspito del viaje hacia la costa, una región cuya aridez ha causado innumerables muertes desde tiempos inmemoriales, hasta que llegaron a un lugar en la falda de la Sierra del Pinacate que el misionero bautizó como Santa Brígida, habiendo recorrido “dieciocho leguas de muy buen camino con bastante agua que corría, zacate carrizado y tulares.” Quien conozca esa región tan desolada, deberá reconocer que nuestro misionero tenía o una imaginación muy fértil o intentaba promover esa ruta como puente terrestre con California, dejando de lado lo árido de la misma.

En Santa Brígida, los indios les dijeron que la costa se encontraba cerca y que más allá, en la ribera del río Colorado, había tribus que sembraban calabazas, maíz, frijol  y algodón. Y aunque Kino quería ir a verlos, sus acompañantes se negaron porque no llevaban remudas. Como alternativa, Kino decidió ascender el volcán del Pinacate, siete leguas (28 Km) de recorrido y más de mil metros verticales hasta la cima. Desde allí, lograron ver el desierto a sus pies y más allá el azul del mar; un indígena, señalando a lo lejos, le dijo al misionero algo que éste ni siquiera sospechaba: “el fiscal nos enseñó a donde el Río Colorado se junta con el Río grande, que es como un día de camino, antes que entrambos juntos entrasen la mar de la California.” Ese dato, pensaría Kino, debía recordarlo cuando dibujara otros mapas de la costa, ya que hasta entonces los había plasmado desembocando cada uno por su lado. La única desilusión que tuvieron fue que aunque pensaban ver California, la bruma del día no lo permitió (en seguida muestro el video de un ascenso que realicé al Pinacate).  



Bajaron los exploradores del volcán de regreso, aunque cambiaron el rumbo ahora rumbo a Caborca, en donde los esperaba la remuda y de allí, el resto de su viaje a Dolores fue por terreno ya conocido, subiendo por el río Altar hasta Tubutama para después pasar por Magdalena y llegar a Dolores. Habían recorrido aproximadamente mil trescientos kilómetros a caballo en 25 días.

Apenas acababa Kino de regresar a Dolores, cuando nuevamente montó la cabalgadura para dirigirse a San Juan (cerca de Cumpas), a entrevistarse con el Gral. Jironza y pedirle que nuevamente le enviara de asistente a su sobrino, Juan Matheo Manje,  como testigo de los descubrimientos que planeaba hacer en sus próximos viajes.

domingo, 5 de junio de 2011

Mora lanza un informe contra Kino, y éste se prepara a conquistar el desierto

El viaje de finales de 1697 al sur del actual Arizona había servido para probar la lealtad hacia la corona por parte de los indios Sobáipuris. Sin embargo, apenas acababan de regresar los expedicionarios a Dolores cuando llegaron malas noticias. El 25 de febrero de 1698 unos trescientos apaches atacaron y quemaron Cocóspera para después huir rumbo al Norte, a donde fueron perseguidos y derrotados por los militares, además, en marzo otra banda aún mayor de indios apaches atacó Quíburi, sobre el río San Pedro, aunque el lugar fue defendido con éxito por el jefe Coro.

Mientras surgían estas nuevas amenazas a la paz, Kino buscó la certificación sobre el auxilio que habían prestado los indígenas del río San Pedro contra los apaches, y en abril visitó nuevamente a esa región. De cualquier manera,  el temor  a la represalia llevó al jefe Coro a abandonar esa zona y establecerse más al Suroeste, en el arroyo de Sonoita en el lugar que se llamó desde entonces los Santos Reyes de Sonoita, en inmediaciones del actual Patagonia, Arizona, lo que le bloqueó a Kino la ruta del San Pedro para la conquista  de lo desconocido.

La Pimería Alta con la ubicación de Quíburi y Los Santos Reyes
Mientras, el 28 de mayo el Padre Francisco Javier Mora, misionero en Arizpe y superior de Kino, concluía un informe de 79 páginas contra Kino, dirigido al Provincial Jesuita, Juan de Palacios, acusando al misionero pimalteño de dejar abandonada su misión mientras realizaba expediciones: “Desde el mes de septiembre del año pasado de 97 hasta este mes de mayo de 98 se le tienen notadas al padre las siguientes caminatas… Por septiembre a Santa María Vaseraca doscientas leguas de ida y vuelta. Por octubre al Quíburi, cien leguas de ida y vuelta. Por noviembre más de doscientas leguas de ida y vuelta a la Casa Grande. Por diciembre, al poniente, noventa leguas. Por enero al real de San Juan, Sonora, Oposura, etc, cien leguas. Por febrero, al poniente, treinta leguas. Por marzo al Quíburi cien leguas. Por abril dos veces al Quíburi que son doscientas leguas. Por mayo, que es cuando este informe se hace, a Sonora,  San Juan, Oposura, cien leguas.” Y si recordamos que una legua equivale a cuatro kilómetros, vemos que Kino, que entonces tenía 52 años cumplidos, logró un total aproximado de 4,500 kilómetros recorridos en 9 meses.

La principal razón de Mora para oponerse a los viajes exploratorios de Kino era que descuidaba la atención religiosa de su misión, ya que “…no estando él ahí no hay indio que haga cosa ni asista… Si en los pueblos que están muy asistidos y bien administrados  los indios son muy ordinarios los casos de morir algunos sin confesión por sólo estar el padre en el otro pueblo de la administración… ¿Cuántos casos de estos se sucederán donde más es la distancia que la presencia? ¿Cuántos niños se quedarán sin bautismo, cuántos días de fiesta sin misa? ¿Cuántos sin doctrina?” Y agregaba que Kino bautizaba entre mezquites a los indígenas durante sus excursiones para dejarlos  luego desamparados.

También, acusaba a Kino de continuar con la “cosa quimérica” de construir un barco en Caborca para navegar el mar califórnico, y advertía: “puede ser que llegue a los oídos de vuestra Reverencia… de que lo mandé quemar. Juro in Domino que será para que el padre tenga alguna quietud y para excusar los trabajos y hambre que padecen los indios que tiene el padre trabajando…”  Y agregaba, también, que aunque no le constaba, había escuchado que golpeaba a los indios “esto lo he sabido, no lo que he visto. La verdad tenga su lugar.”

Kino, por su parte, al cerrársele la puerta del río San Pedro debido a los asaltos apaches a esa región y el abandono de Quíburi, dedicó ahora su atención al noroeste de Dolores, región desértica que lo separaba de la Baja California y le impedía auxiliar a Juan María Salvatierra en su empresa califórnica. 

Ese cambio de atención geográfica del misionero nos explica los viajes que fueran citados por Mora. Así fue cómo, en agosto de ese 1698, el padre Visitador, Horacio Pólici le escribía al Padre Mora informándole que Kino buscaría “el descubrimiento del río Grande (el que conocemos actualmente como río Colorado) hasta la mar para informar al padre provincial y a su Excelencia, quienes mandan y se fomenten las necesarias conversiones y se le dé mano al padre Juan María por el nordeste;” y queriendo o no, Mora tuvo que obedecer.

Además, el Gral. Domingo Jironza  envió como nuevo escolta militar de Kino, en sustitución de Juan Matheo Manje, al Capitán Diego Carrasco con el nombramiento de Teniente de Alcalde Mayor y Capitán a Guerra de la Pimería, con la instrucción de hacer un diario exhaustivo de las expediciones que llevara a cabo acompañando al misionero.

domingo, 15 de mayo de 2011

Entre los Sobaipuris

Obedeciendo al Padre Visitador Horacio Pólici, el 10 de diciembre de 1696 partía Kino rumbo al Norte a iniciar la labor cristianizadora entre los indígenas Sobaipuris, que eran los habitantes de las márgenes del río San Pedro y del Santa Cruz en el sur del actual Estado de Arizona y norte de Sonora. De acuerdo con Manje: “el mayor número de la nación Pima, Soba y Sobaipuris, que aunque en distintas regiones y facciones es una misma y general, el idioma que hablan con poca diferencia de cual y cual verbo y nombre, y solo faltaban que ver, los que llaman y viven al Noroeste, Papabotas de la misma lengua…” es decir, todos de lengua Pima, y como comprenderás, estimado lector, los Papabotas eran los actuales Pápagos, pero ese es otro tema.

En Quiburi (un poco más al norte de Fairbank, Az), Kino hizo labor misional y después regresó a su misión de Dolores. Apenas había llegado cuando partió en otra expedición, ahora a visitar a los nativos que vivían en las cercanías del actual Nogales, sobre el río Santa Cruz. A su paso por San Luis Bacoancos (actual poblado Centauro de la Frontera) a la sombra de los Picachos de Santa Bárbara, dejó 60 reses para iniciar un rancho ganadero; continuó su camino y pasó por Tumacácori para llegar hasta San Xavier del Bac, desde donde regresó a su misión.

Para marzo partía en otra expedición con la meta de consolidar las dos entradas anteriores. Llevaba a Quiburi “un poco de ganado mayor y una manadilla de yeguas para principio de una estanzuela,” y el 17 de abril salía en una cuarta expedición, acompañando al Padre Pedro Ruiz de Contreras, a quien dejó a cargo de las misiones de Cocóspera y Suamca (actual Santa Cruz).

Sin embargo, en mayo de 1697 se supo en Sonora que el Virrey ordenaba que Kino fuera enviado a trabajar con el Padre Salvatierra a Baja California. Así se inició una pugna entre el gobierno virreinal, que quería enviarlo a la California, y Pólici que intentaba que siguiera la tarea entre los Sobaipuris. Para resolverla, Kino le escribió en junio una carta al General de la Orden Jesuita, proponiéndole que lo destinaran la mitad del tiempo a Sonora y la otra mitad a Baja California. Al conocer la orden virreinal, los influyentes de Sonora, el Visitador Horacio Pólici, el Gral. Domingo Jironza y otros iniciaron una campaña para lograr que Kino se quedara aquí. Y no tardó en llegar la contraorden: “el señor virrey me ha pedido que yo deje a vuestra reverencia con sus queridos pimas, y así cuídelos porque en otras partes se teme un alzamiento general…” orden que alcanzó a Kino cuando ya iba camino al Yaqui a acompañar a Salvatierra, y se devolvió.

La principal razón que tenían los superiores misioneros para que se continuara la penetración entre los Sobaipuris, radicaba en que habían notado que éstos acostumbraban por entonces montar caballos, y la duda surgió de cómo los habrían conseguido, ya que el caballo no había sido un animal de transporte en la América prehispana. O bien estaban confederados con los Apaches (jocomes, xanos, etc), que ya habían iniciado los asaltos que los harían famosos posteriormente, o los habían robado a los ranchos españoles.  La verdad, que era distinta, se sabría después.

Para entonces, las actividades de Kino habían logrado abrir la región de los indios Sobaipuris a la colonización europea y sólo faltaba conseguir misioneros. Con ese fin, Kino concertó que los indígenas de la región se reunieran en Dolores terminando septiembre de 1697 para ir a Bacerac a visitar al Padre Pólici. “En el real de San Juan, en Oposura y Guasavas; por donde pasamos, nos hicieron todo agasajo, así los señores seglares como los padres. En 6 de octubre, día de Nuestra Señora del Rosario, llegamos a Santa María de Bazeraca” Era la misión del Padre Horacio Pólici y la fecha de la partida de Salvatierra a su aventura califórnica.

En Bacerac, según nos cuenta Kino:  “su Reverencia, con varios exámenes, aun ocultos, que hizo y mandó hacer, quedó tan satisfecho de la gran lealtad de estos pimas, que escribió una muy fina carta al señor gobernador de las armas [Domingo Jironza], para que se fomentase la Pimería y se procurase conseguirle los padres que necesitaba y merecía, que con eso se conseguiría la quietud de la provincia y que se quitarían los enemigos jocomes y xanos etc., los cuales se retirarían al oriente.” Así, se iniciaba la conversión de los Sobaipuris no únicamente en Cristianos sino también en vigilantes contra las actividades Apaches.


domingo, 8 de mayo de 2011

De calabazas y puntales

Después de que Kino detuviera en julio de 1696 en su casa de Dolores a los nativos que consideró culpables de la muerte de Saeta, y que para lograr resolver el problema del asilo religioso propuso invitarlos a comer calabaza en la casa del Teniente para que, cuando estuvieran allí arrestarlos oficialmente, sobrevino la condena regional.

El veterano Padre Horacio Polici, misionero en Bacerac y recién nombrado Visitador de las Misiones, le escribió el 21 de septiembre diciéndole que: “con precepto le mandaba” que los prisioneros fueran puestos en libertad. La orden fue, sin embargo, extemporánea, ya que Kino la recibió cuando los nativos se encontraban  ya en manos del Teniente Peralta, por lo que éste le pidió ayuda al Rector, Francisco Xavier Mora, para liberarlos: “Sírvase vuestra Reverencia de avisarme de lo que podemos hacer para conseguirles su libertad…” 

Para entonces, Pólici no se había quedado de manos cruzadas y le había ordenado al Padre Mora que abogara por rescatarlos, lo que éste logró, según informaría: “…antes que se cumpliesen dos días de haber recibido la orden se los saqué al teniente y me los traje sueltos a esta misión [de Arizpe], donde los guardé hasta que les negocié totalmente el perdón por escrito” aunque agregó: “…no me fié en dejarlos en la misión del padre Kino … porque juzgué no estaban seguros…”

Además, para que no se repitiera esa o se diera alguna situación similar, Mora le escribió a Kino “…una carta seria poniéndole a la vista todas las cosas en que había faltado;” aunque después de leerla, éste hizo uso de la función que tenía por entonces de Admonitor, o sea una posición estipulada en las normas Jesuíticas (No 770 de las Constituciones), en la que el superior inmediato nombraba a algún subalterno para que honesta y confidencialmente le advirtiera sobre cualquier cosa, ya sea personal o de su gobierno, relacionada con “lo que piensa debe de ser para el mejor servicio y gloria de Dios;” y así fue cómo Kino le envió una durísima respuesta a Mora, quien se la transcribió al Visitador Pólici, además de agregarle el siguiente comentario: “… descargó sobre mí lo que yo no pondero, y vuestra Reverencia verá que es buena prueba de la reverencia que tiene a sus superiores o de la mucha virtud y humildad del padre…” 

En respuesta, Pólici le respondió el 23 de octubre: “La carta del padre Kino está para Roma. Una resma de papel no bastará ahora para contrapuntear la carta del padre Eusebio con argumentos todos fortísimos, pero nos cansamos de balde, él no lee papeles, sino especulando formalidades para seguir con su tema…” y concluía su misiva pidiéndole a Mora que, como Rector, reprendiera a Kino. Pero éste se excusó, ya que “… temía que el padre Kino me revolviese otra peor, pues estaba tan fresca la mano que me había dado su Reverencia….”

Y así corrió la voz sobre esta pugna. El Padre Manuel González, cuyos huesos junto con los del Padre Ignacio Yturmendi acompañan actualmente a los de Kino en su cripta, y que había precedido a Pólici como Visitador, se puso ahora del lado del Padre Mora y le escribió, apoyándolo; pero además agregaba un juicio que reforzaba lo expresado por Pólici en el  párrafo anterior de este artículo, además de poner en contexto de las pugnas de la élite intelectual novohispana y de la Pimería lo que sucedía entonces: “…la carta de Vuestra Reverencia para el padre Kino está muy buena. La del padre Kino está trabajosa como su Reverencia escribió de Sigϋenza…”

¿Porqué ligaba González esta carta admonitoria de Kino con lo sucedido con el cometa?  Pues porque para el Padre González, al igual que para Pólici, ésta era otra manifestación más de la tendencia de Kino a reinterpretar los hechos, en sus textos, a su favor, ya que si anteriormente, a su llegada a la Nueva España, Kino había provocado una polémica gratuita con Sigüenza  cuando escribió su “Libra Astronómica” en la que ligaba la aparición de un cometa con buenos augurios para el gobierno, obra que había provocado a Sigüenza a responderle con su “Exposición Astronómica…”  (Puedes ver aquí el artículo de esa polémica). en la que negaba la capacidad de los cometas a producir buenos o malos sucesos terrenales; mientras que ahora en su amonestación nuevamente Kino reinterpretaba lo sucedido; ambas acciones, la del cometa y la carta admonitoria de Kino eran vistos por los demás misioneros pimalteños como manifestaciones de la tendencia de Kino para reinterpretar los hechos a su favor.

Y así fue cómo, al terminar ese año de 1696, se manifestaban en el teatro pimalteño dos perspectivas: por un lado la opinión de los superiores inmediatos a Kino de que éste se sujetara a las normas establecidas, y por la otra la visión de las autoridades superiores de que era necesario apoyar la capacidad del misionero tridentino para lograr la conquista espiritual y material pimalteña.

Aún el padre Pólici se vio envuelto en la polémica: el 1 de noviembre le ordenaba a Mora que confiara a Kino la conquista de nuevas misiones entre los indios Sobaipuris en el río San Pedro, en el actual Arizona, ya que “esta obra [será] de muchísimo servicio de Dios y del rey,” aunque el mismo día verbalmente le ordenó al Padre Agustín de Campos, de San Ignacio, que se hiciera cargo de esa misma tarea. Campos, a su vez, le hizo saber ésto a Mora quien, confuso, obedeció la orden que había recibido por escrito y le encargó a Kino la empresa del río San Pedro, aunque comentó: “supuesto que el padre Campos sabe muy bien la lengua y el padre Kino no, éste se pudiera quedar en su Cotzari y el padre Campos andar en la empresa…”

Todo lo anterior mereció un comentario del mismo Padre Pólici quien, refiriéndose a la edad de Kino, cincuenta y un años, escribió: “El puntal viejo y tuerto lo miro, pero hasta no tener puntales nuevos es fuerza valerse de él.”